lunes, 17 de enero de 2022

Grand Cru Classé

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Los enólogos bordeleses afirman que un Grand Cru Classé debe madurar entre ocho y quince años en botella antes de alcanzar su momento de consumo ideal.

Hay estudios que demuestran que el subconsciente toma nuestras decisiones mucho antes de lo que podamos llegar siquiera a imaginar.

 

Otra mudanza más. Con esta, pasaban ya de la veintena. Tres internacionales, otras siete interregionales y las restantes —perdió la cuenta hacía años—, locales, aunque no por ello menos estresantes. Pocas cosas hay en la vida tan perturbadoras como una mudanza. Y esta última era la tercera internacional. Aunque esperaba que fuera también la última, el ansiado regreso a casa. Eso deseaba, pero en el fondo de su ser, no se lo creía.

Alicia abría cajas con gesto mecánico. Los mozos de la agencia las habían ido dejando en las estancias que indicaban sus rótulos y ahora ella debía ocuparse de poner cada cosa en su lugar. Como no soportaba el silencio que se había instalado en la enorme casa tras marcharse el personal de la mudanza, seleccionó en su smartphone una lista de rancheras que tronó a través del hilo musical, magnificada por el eco del espacio vacío. A los veinticinco años había cambiado el coleccionismo de vinilos por una suscripción premium a la app y por vez primera paladeó el placer que provoca el cumplimiento inmediato de un deseo a golpe de clic. Ajustó el volumen y se alegró de haberse decidido a instalar el hilo. Hija del siglo XX, seguía teniendo ciertas reservas respecto al exceso de tecnología en el hogar y esta había sido una de sus escasas concesiones.

Ordenar su cuarto le pareció lo más urgente. Buscó la caja con la ropa de cama, seleccionó las sábanas y la vistió con esmero. Como se viste a una criatura. Recordó cómo Zipi y Zape la arroparon sobre un colchón sin somier tirado en el suelo la primera noche que pasó en su pisito de Ginebra. Hacía tantos años de eso… Ahora, sus gatos la observaban estáticos desde el cuadro multifoto que reposaba apoyado contra la pared del fondo. Tenía que comprar ganchos cuelga fácil. Una cosa más que añadir a la lista.

Acompañada por los desgarrados lamentos de Vicente Fernández, Alicia se dispuso a disfrutar de la tarea de colocar su ropa en las baldas y barras de su nuevo y flamante vestidor. A los treinta y tres había renegado de la fast fashion y había empezado a coleccionar prendas prêt-à-porter de pequeñas firmas independientes. Preferiblemente, españolas. Por lo demás, en su armario abundaba la ropa vintage de segunda mano y deportiva. Le gustaba seleccionar sus outfits con el cuidado que se pone al pintar una acuarela. El mismo mimo en la combinación de colores, texturas y formas. Y solía cambiar de peinado o corte de pelo entre dos y tres veces al año. Le resultaba muy útil a la hora de fechar las fotos a simple vista. El bob desfilado con flequillo recto fue a primeros de año y para verano cambió a media melena recta con flequillo de lado, más cómodo de peinar cuando se bañaba en el mar. Y recientemente había vuelto a atreverse con un pixie algo crecido, con patillas largas y flequillo también largo. Le aportaba un plus de sofisticación incluso cuando empuñaba sus piolets y ascendía por estrechos corredores de nieve y hielo.

Practicó la escalada y el alpinismo hasta los treinta y cinco, cuando los cambió por el running al mudarse a Burdeos. Y a sus cuarenta y cuatro seguía corriendo, aunque un poco más sola que antes. Apartó con pesar una caja rotulada con un escueto «Kira» —¿por qué la habían dejado en su cuarto?—y la dejó en el pasillo, junto a otras que debía subir al desván. Con eso, la habitación había quedado bastante despejada y tan solo quedaban dos pequeñas cajas sobre la cómoda. En una podía leerse «Deco máster bedroom» y en la otra, «Félix». Cogió con cuidado la segunda, la llevó a la sala de estar y la colocó sobre la mesa de centro. Aquí todavía no había avanzado mucho, pero el sofá y el resto del mobiliario los habían dejado montados los mozos, y no tenía ninguna prisa por colocar las piezas de artesanía que adornaban las vitrinas.

Al desplomarse en el sofá cayó en la cuenta de lo cansada que estaba. Abrió la caja con un cúter y extrajo su contenido: una botella de vino, una carpeta de gomas y unos álbumes de fotos. Félix… Al igual que a las montañas, Alicia abandonó a Félix después de llegar a Francia. De su último encuentro conservaba esa botella Chateau Soutard Grand Cru Classé, cosecha de 2023, que tenía un sobre pegado con cinta adhesiva en el que podía leerse «No abrir hasta el 15 de octubre de 2033». El quince de octubre de dos mil treinta y tres era el próximo fin de semana y era también el día de su cuadragésimo quinto cumpleaños. Casi diez años la separaban del momento en el que compraron la botella y guardaron sus deseos para el futuro en ese sobre, hoy amarillento. Pero a Alicia no le gustaba demasiado pensar en ese día, por eso se había limitado a trasladar la caja de una casa a otra. Siempre con el máximo cuidado. Siempre en su coche, a salvo del camión de mudanzas. Y siempre cerrada.

La inactividad la hizo estremecerse de frío en el sofá y se levantó para encender la chimenea. En la casa del pueblo era siempre Félix el que se ocupaba de eso, pero no le costó demasiado conseguir prender un buen fuego. Aprovechó para envolverse en una bata suave con forro de borreguito y se sirvió una copa de sauvignon blanc. De nuevo en el sofá, apartó los álbumes con delicadeza y abrió la carpeta de gomas. De ella sacó los correos electrónicos que Félix le había ido enviando en ese tiempo. Uno por cada cumpleaños. Nueve mensajes como nueve cantos al aire que ella había impreso y guardado con celo, aguardando al momento en el que sabría responder. Volvió a leerlos todos. Por orden, del primero al último. Se sorprendió al releer los más antiguos; lloró. Estuvo hasta tentada de repasar también los álbumes. La soledad no está tan mal, cuando eres tú quien la elige. Es mil veces preferible al abandono. Pero en pocos días ella cumpliría cuarenta y cinco y deseaba beberse esa botella de vino con Félix. Abrir el sobre juntos, sorprenderse también al leer sus propias palabras, ya olvidadas, escritas por una Alicia a la que hoy día —estaba segura— le costaría incluso reconocer. Descubrir qué había decidido escribir él. Alguna ñoñada, seguro. Sonrió. Jugueteó un poco con la botella entre las manos, sopesando las distintas posibilidades y por fin agarró el teléfono móvil.

Acababan de dar las ocho de la tarde, por lo que la librería aún debía estar abierta. Aunque quizá él estuviese de mañana esa semana. Tardaron una eternidad en responder y la voz al otro lado de la línea no le resultó conocida. Tampoco era de extrañar. Al preguntar por Félix su voz tembló levemente y sonó más aguda de lo que era en realidad. Tuvo que repetir la pregunta y, mientras escuchaba, el leve sonrojo que adornaba sus mejillas se fue tornando blanquecino. Temblorosa, dio las gracias y colgó con torpeza.

 

Horas, más tarde, Alicia despertó echa un ovillo en el sofá. El fuego casi se había consumido, apenas quedaba un pequeño tronco incandescente. Despacio, se incorporó hasta sentarse. Despegó con cuidado el sobre de la botella de vino. Fue hasta la cocina, cogió un sacacorchos y una copa limpia y regresó al salón. Abrió la botella Chateau Soutard Grand Cru Classé, cosecha de 2023, y la dejó respirar. Se agachó para recoger un par de troncos de la leñera y se dispuso a avivar las llamas. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, y la mirada perdida. Se echó un poco de vino en la copa y lo cató como catan el vino los profesionales. Color púrpura con reflejos morados. Potentes aromas a fruta madura, canela y especias. En boca, taninos equilibrados, sedoso, afrutado y sabroso. Sí, estaba rico, así que se sirvió la copa completa. A su espalda, el fuego ya crepitaba con fuerza. Se volvió para calentarse y, sin pensarlo dos veces, agarró el sobre y lo lanzó a las llamas. Mientras observaba cómo sus esquinas comenzaban a doblarse, sucumbiendo al calor, Alicia alzó su copa y musitó «Que la tierra te sea leve, cariño».


lunes, 20 de diciembre de 2021

De tu nombre, de vuestro nombre

 

  Vive mi soledad en tu nombre

Mi soledad incurable

Mi soledad que muerde

Mi soledad aciaga

 

Una losa que me aplasta

fría, como la escarcha

que hace temblar mis piernas

y que flaqueen las fuerzas

 

No soy una roca, no

y hasta hay montañas que colapsan

en la noche más oscura

de mis pesadillas más arduas

 

Mi soledad

Mi profundo desamparo

Mi eterno desarraigo

Mi incomprensible abandono

 

Yo maldigo vuestro nombre

Ese que tanto adoro

Que os hace marchar muy pronto

Y trae consigo la condena

de vuestra insoportable ausencia


¡Ya llega, padre, tu sobrino querido!

¡Ríe, toca, canta para él!

Que no se acabe nunca el baile

¡Y viva! por siempre vuestro arte


Que no se pierda ese semblante

siempre joven

siempre manso

pues no me queda otro consuelo

que saberos celebrando

 

  

A mi querido primo Jota

A mi amado padre José Juan

D.E.P.

Siempre con nosotros

domingo, 2 de mayo de 2021

30 de abril

Abro los ojos y noto que estoy sola. Claro, no está Jesús. Tuvo que irse ayer. Pero, aún así, es raro. Me incorporo un poco y miro hacia los pies de la cama. Nada. Allí tampoco. Me quedo así, tumbada, con los ojos abiertos, pensando. Es el último día del mes de abril y con él se marchan también las lluvias. Lo sé por la luz que se cuela entre las rendijas de la persiana, más limpia y clara que los días anteriores. Va a hacer sol.

Recuerdo entonces la mañana en la que murió mi padre. Y no siento tristeza, ni angustia. Solo imágenes en mi mente. Imágenes que vienen y se van.

Al cabo de un rato, Eddie siente que estoy despierta y se acerca, maullando bajito. Detrás de él oigo otras pisadas, amortiguadas y torpes. Y oigo también cómo alguien salta al baúl de mimbre que está a los pies de mi cama. No me hace falta mirar para saber que se trata de Micho. Pero me incorporo, porque quiero verlo. No quiero dejar de verlo. Eddie ya está sentado en la cama, pero él es más sigiloso, ni lo he notado subir.

Llamo despacio a Micho, siseando con la lengua, haciéndole gestos con los dedos. Como se llama a los gatos. Me mira con los ojos entrecerrados y salta a la cama. Se acerca unos pasos y se detiene. Ha llegado justo al hueco que forman mis piernas arqueadas y allí se queda agazapado, como si le fallasen las fuerzas. Entonces entra Roque, como un remolino, golpeándolo todo a su paso con la cola. Y Micho parece asustarse.

No sé cuánto tiempo estoy así. Esta mañana todo parece funcionar a ralentí. Como en una película de slow motion. Pero, en algún momento, salgo de la cama. Preparo el desayuno. Recojo el lavavajillas. Desayuno. Recojo el desayuno. Limpio el arenero. Barro. Pongo de comer a las fieras. Y empiezo a vestirme.

Plantada delante del armario, dudo sobre qué ponerme. ¿Falda o pantalón? ¿Camisa o jersey? Tardo un rato en darme cuenta de lo que estoy haciendo y vuelvo a pensar en el día en que enterraron a mi padre. ¿Qué me puse ese día? No consigo recordarlo. Seguramente no vestí de negro. Tenía poca ropa negra por aquel entonces. Creo que empecé a comprarla más tarde.

Al final, me decido por un pantalón chino, color camel. Quiero vestir colores claros; el día es primaveral. Y hace sol. Encuentro la camiseta al segundo intento. Tras descartar una beige con motas de colores opto por una blanca, lisa, de manga corta. ¿Y encima? Me gusta la rebeca beige de gruesa lana y punto de ochos, con botones de falso carey. Pero temo que sea demasiado invernal. Pruebo entonces con una camisa vaquera de color negro lavado, pero es demasiado oscura. Lo intento con una azul. Demasiado vulgar. Será, por fin, la rebeca de lana gruesa.

Para los pies escojo unos calcetines nuevos, también beige, de canalé, que compré porque me recordaban a los que estrenaba cada Domingo de Ramos. Se verán bien con los zapatos planos de piel marrón natural, con tiras desde el empeine hasta el tobillo. El espejo me devuelve una imagen satisfactoria y me preparo para salir. Pero Micho me mira inmóvil desde la cama y me tumbo a su lado. ¿O eso fue antes? Recuerdo la mañana en la que me tumbé al lado de mi padre hasta que llegó la ambulancia. Ese día el tiempo también parecía ir más despacio de lo normal.

Salgo entonces a la calle con Roque y observo que, sin proponérmelo, vestimos a juego. Bajamos hasta el parque de la cuesta. Me dijo Jesús que antes del parque hubo aquí un cuartel abandonado. ¿Era un cuartel? Cruzo al descampado por el agujero de la valla. «Siempre hay un agujero en la valla». Y si alguna vez lo arreglan, no hay que esperar más de 24 horas para que reaparezca. Roque va directo al otro lado, al otro descampado que se extiende al cruzar una enorme puerta de hierro que siempre está abierta. Hay muchos grafitis ahí. Cada día más. Y observo que hoy hay algunos nuevos. Camino detrás de Roque sin pensar en nada —bueno, sí, pienso en estas líneas que escribiré más tarde. Y descubro una senda entre la hierba alta que me lleva hasta la parte trasera del recinto. La tomo y me acerco por primera vez hasta allí, curiosa. Sin embargo, a raíz de cómo se desenvuelve, diría que no es la primera vez que Roque corretea por aquí. Y allí, en el muro del fondo, descubro el grafiti de lo que parece un gato —sí, es un gato— con alas y cuerpo de fantasma. Pero es naranja. Al mirarme los pies me doy cuenta de que el rocío me ha mojado los zapatos. Será mejor salir de aquí.

De regreso a casa el tiempo se acelera de pronto. Casi es la hora. Rosa me llama, que está aparcando. Minutos después toca a mi puerta. Ya está todo listo. Con cuidado, tomo a Micho en brazos y lo meto en su trasportín. No se resiste. Lo cubro con un pareo y salimos. Eva nos espera abajo. De un salto, atravesamos Molinos y llegamos a la clínica. Javi nos aguarda y nos hace pasar en el acto. Se nos une María. Hacemos un breve repaso. Que no está bien. Que, de hecho, cada hora que pasa está peor. Que no quiere comer. Ni beber. Que está débil. Que no tiene sentido hacerle el análisis de sangre. Que es irreversible. Que no, que no se lo hacemos. Que va a ser rápido. Que lo van preparando todo.

Vértigo. Tengo a Micho en brazos; todavía está entre mis brazos. Vértigo. No pesa nada, ha perdido tanto peso. María me pide amablemente que se lo deje, que a mí me da impresión. Le abren la vía. No veo nada. Son las lágrimas; pido papel. Trato de calmarme y vuelvo a su lado. Lo abrazo. Eva me abraza a mí. Javi me explica. Primero la sedación. Va a ser rápido. Y vaya si lo es. Le susurro que estoy con él. En cuestión de segundos se queda dormido. Rompo a llorar. Ahora viene Rosa. Y la anestesia. Y yo insisto: «estoy contigo». Pero ya no me oye. Pero yo no lo suelto. Y llega la tercera inyección. La última. Y lo tengo entre mis manos. Y le acaricio la frente. Como le gusta. Estoy contigo. Estoy contigo. Estoy contigo. Y lo beso antes de salir.

Salimos de la clínica y el tiempo, de nuevo, desacelera. Con el trasportín vacío en una mano y un vacío aún más grande en el alma decido tomarme un café con mis amigas. El día que murió mi padre también tomé café y me reí con mis amigas. Antes de volver a casa, pasamos por la floristería y Rosa me regala una pequeña planta de hojas rosadas, en macetero blanco. Tenía que ser blanco.

Ya subo la escalera hasta el tercer piso, infinitamente más sola de lo que la bajé hace una hora, pero también más tranquila. Micho duerme en paz y yo he estado con él.

miércoles, 7 de octubre de 2020

El último resquicio del verano


El último resquicio del verano se ha refugiado en mi nevera.

Es dulce y jugoso y tiene forma de sandía.




domingo, 26 de abril de 2020

La bicicleta de Aleixo


Esa mañana, como cada mañana de domingo desde hace ya más de cuatro años, el despertador de Aleixo suena antes del amanecer. Le cuesta ubicarse, pero cuando consigue espabilare un poco salta animado de la cama. A pesar de ser el día que más madruga de toda la semana, es también el que menos le cuesta, pues lo hace para visitar a su abuelo, que es probablemente la persona a quien más quiere del mundo.
Para ver al abuelo, Aleixo tiene que recorrer un trayecto de unos quince kilómetros ida y otros quince vuelta hasta la aldea en la que vive. Su familia emigró a la ciudad con el auge de la construcción naval y aunque ahora están algo mejor, sus escasos recursos no le alcanzan para comprarle una bicicleta con la que desplazarse. Por eso, todos los domingos, Aleixo madruga para poder llegar a mediodía a la aldea y pasarse las horas sentado con su abuelo, remendando redes de pesca mientras rememoran historias de otras épocas mil veces narradas: de cuando navegaba en alta mar, de cómo conoció y cortejó a la abuela María —una de sus historias preferidas—, de cuando nació su madre…

Sin embargo, ese domingo es especial. Hoy Aleixo cumple doce años y por fin, después de salir durante muchos meses con su madre a mariscar, sus padres han conseguido reunir el dinero suficiente para regalarle una bicicleta de segunda mano. ¡Su abuelo no se lo va a creer! Ahora no solo podrá ir a verlo los domingos, ¡sino todo lo a menudo que quiera! Está tan emocionado que ha madrugado tanto como cuando tiene que ir andando, solo para sorprenderlo mientras desayuna. No puede esperar a ver su cara de asombro cuando lo vea aparecer montado sobre su bici. Ni siquiera le había contado que estuviera saliendo a mariscar, para que la sorpresa fuese aún mayor. ¡Estará muy orgulloso de él!

Tras despedirse de sus padres con un beso apresurado —«Con sentidiño, rapaz, con sentidiño», le grita su madre desde la puerta—, Aleixo toma la carretera como un rayo, pedaleando todo lo rápido que se lo permiten las piernas. A su derecha quedan los imponentes acantilados de la Costa da Morte, cuyas vistas nunca lo dejan indiferente. Pero ese día no, ese día tiene demasiada prisa por llegar. Mientras pedalea, imagina de mil y una formas distintas cómo será el encuentro con su abuelo, la alegría tan grande que se llevará, la exquisita tarta que habrá preparado la abuela para merendar…

No son ni las diez de la mañana cuando Aleixo atisba las primeras casas de la aldea. Como una exhalación llega a casa de los abuelos, pero el recibimiento que le aguarda le hace frenar en seco varios metros antes. Su abuela está de pie ante el umbral, llorando, mientras un par de vecinas tratan de consolarla. En ese mismo momento llega también hasta sus oídos el tañido de las campanas de la ermita llamando a muerto. A cámara lenta, observa a los vecinos acercándose desde todos los rincones, con gesto sombrío y vestidos de luto. Un escalofrío le recorre la espalda al comprender lo sucedido y antes siquiera de que su abuela perciba su presencia, Aleixo se da la media vuelta y se marcha de allí a toda prisa.

Por segunda vez en pocas horas, trata de pedalear todo lo rápido que se lo permiten sus ya agotadas piernas. Como si alejarse de allí pudiera cambiar el curso de los hechos. Pero las lágrimas no le dejan ver la carretera y al poco debe detenerse en el arcén para tomar aliento.

Allí de pie, postrado ante la inmensidad del mar siente tanta rabia que piensa que va a volverse loco y nota cómo un intenso impulso por lanzarse al vacío se apodera de él. A lo mejor de ese modo consigue aplacar el sufrimiento que le atraviesa en dos el pecho. Se queda mirando su bicicleta, la magnífica bicicleta que iba a permitirle visitar a su abuelo no solo los domingos, sino varias veces por semana. Un sueño hecho realidad que, sin embargo, se ha visto truncado antes siquiera de llegar a abrir los ojos. Dirige entonces su rabia contra ese objeto adquirido con tantos meses de trabajo y esfuerzo. Al final, ¿para qué? En un último gesto desesperado, la agarra sin miramientos y con un desgarrador grito de dolor, la arroja al acantilado. El estruendo de las olas rompiendo furiosas contra la costa amortigua el ruido de la bicicleta al caer, pero la imagen de los hierros destrozándose contra las rocas ejerce un efecto catártico en el alma de Aleixo que permite que, lentamente, este salga de su trance y recupere el control. Angustiado, toma conciencia de lo que acaba de hacer.

—«Agora xa foi»— piensa, —te toca volver andando a casa—.

sábado, 25 de abril de 2020

Cuento de la bailarina y el dragón


Había una vez, una bailarina que vivía en una cajita de madera que estaba encima de la mesita de noche de Simón. Y cada vez que la cajita se abría, la bailarina bailaba y bailaba, dando vueltas sobre sí misma, al son de la música que salía del interior de la cajita. A la bailarina le gustaba mucho bailar, pero a veces se aburría, porque la música era siempre la misma y además, no salía nunca de su cajita.
Su mejor amigo era un dragón de peluche que vivía encima de la cama de Simón. Pero Simón tenía muchos otros juguetes más modernos y divertidos, con luces y que hacían todo tipo de sonidos, y era con esos con los que más le gustaba jugar. Ya no le interesaban mucho la bailarina y el dragón, porque pensaba que eran de «niños pequeños».
La bailarina, que era muy lista, se había dado cuenta de eso y quería viajar. Ya que Simón prefería jugar con otros juguetes, ella dejaría su cajita y saldría fuera, a explorar el mundo. ¡Era una idea fantástica! Pero cada vez que quería saltar fuera de la cajita, decidida a coger su mochila y marcharse, su amigo el dragón, le decía muy preocupado:
—¡Pero, bailarina! ¿A dónde vas a ir tú solita? ¡El mundo es muy grande y te puede atropellar un coche al cruzar la calle! ¡Y también te puedes perder!
Y así seguía un buen rato, hablándole de todos los peligros que podía encontrarse, hasta que la bailarina se asustaba mucho y se encogía mucho, de tanto miedo que le daba, y volvía a encerrarse dentro de su cajita durante muchos días más, pensando que bailar no estaba tan mal, después de todo.
El tiempo iba pasando y cada vez que la bailarina se sentía preparada para marcharse, el dragón de peluche la convencía de que no lo hiciera. Y como el dragón era su amigo, ella siempre acababa haciéndole caso. Hasta que un buen día, la cajita de la bailarina se abrió y cuando ella empezó a bailar se fijó en que su amigo no estaba encima de la cama. ¿Dónde se habría metido el dragón? ¿A lo mejor se había ido de vacaciones sin ella? ¿Sería posible que hubiera dejado de tener miedo y hubiese emprendido una aventura sin decírselo? Era muy raro... Dragón era muy miedoso... ¡Y además, era su amigo! Y los amigos no se van sin avisar. No, lo más seguro es que le hubiese pasado algo. ¡Seguro que estaba en problemas!
Y cuando la bailarina se dio cuenta de que su amigo podría necesitar su ayuda, ¡no se lo pensó dos veces! Se asomó al borde de su cajita, calculó bien la distancia, cogió carrerilla y... ¡dio un enorme salto y aterrizó sobre la cama! ¡Sí, lo había logrado! Ahora solo tenía que encontrar a su amigo.
Sin pensar en todas las cosas malas que Dragón siempre le decía que podrían pasarle, la bailarina empezó a buscar a su amigo en todas las habitaciones: en el cuarto de la mamá y el papá de Simón, en el cuarto de baño, en el dormitorio de la hermanita pequeña de Simón, en el salón... Pero nada, ¡no había manera! ¿Dónde podría estar? Entonces se dio cuenta de que todavía le faltaba una habitación, al final del pasillo. ¡Claro! ¡Se le había olvidado mirar en la cocina! Y en efecto, ¡allí estaba su amigo! ¡Dentro de la lavadora, para ser más exactos! Dando vueltas y más vueltas, como la bailarina cuando bailaba en su cajita.
Y así estaban los dos, la bailarina mirando a su amigo girar, sin saber qué hacer y el dragón de peluche dando vueltas sin parar, muy asustado dentro de la lavadora, cuando de pronto, la máquina se paró y la puerta se abrió. ¡Con qué alegría se abrazaron al reencontrarse! Aunque claro, como estaba empapado, Dragón puso chorreando a Bailarina. ¡Pero no les importó nada, y los dos daban saltitos de alegría, cogidos de la mano!
Entonces, Dragón miró muy serio a su amiga y le dijo:
—Bailarina, dentro de esa lavadora me he dado cuenta de lo aburrida que tienes que estar siempre, nada más que dando vueltas y vueltas, bailando en tu cajita de madera. Además, has sido muy valiente viniendo a buscarme, a pesar de todas las cosas malas que te dije que podrían pasarte. ¡Muchas gracias, amiga mía! He decidido que te acompañaré en ese viaje y que, juntos, descubriremos muchos sitios bonitos y nos ayudaremos si hubiese algún problema. Igual que tú me has ayudado a mí.
La Bailarina se puso muy contenta y abrazó muy fuerte a su amigo. Y los dos hicieron las maletas y cogieron un autobús a la playa para empezar sus aventuras. ¿Y quién sabe a qué magníficos lugares les habrán llevado sus pasos?

jueves, 16 de abril de 2020

Mi luz


Que la deje; todo el mundo igual. Que si no me conviene, que si segundas partes nunca fueron buenas, que si con lo que me costó dejarla la última vez... Pero nadie se molesta en preguntarme qué quiero yo. Cuáles son mis motivos. Nadie se da cuenta de que ella es mi luz al final del túnel. Del túnel de mierda en el que vivo, de los días de dolor, de la angustia, del frío, la pobreza y el hambre. Joder, si no fuera por ella no tendría ni un solo motivo para seguir vivo. Y si un día me mata, que me mate. Me da igual, te juro que me suda la polla. Al menos será una muerte dulce. Y si alguna vez os habéis metido un pico seguro que sabréis de lo que os hablo. Esa sensación de flotar, ese bienestar que te atraviesa la médula y se reproduce en cada célula de tu ser, multiplicando por cien el mejor de los orgasmos que hayas sentido en toda tu puñetera vida. Así es ella, te eleva a los cielos y te hunde en el infierno, tres, cinco, seis veces en un mismo día. Por ella haces lo que sea, te pinchas donde sea, entre los dedos de los pies, en la yugular, hasta en el rabo si hace falta. Lo único es que, como las mujeres bonitas, ella también sale cara, la jodía. Pero siempre hay maneras, uno se las arregla. Pues la alternativa ni se plantea. En serio. ¿Pensáis que sabéis lo que es un mono porque habéis visto Trainspotting o Réquiem por un sueño? Y una mierda; no sabéis una mierda. Pensad en la peor gripe que hayáis pasado. Y no me refiero a la mierda esta del coronavirus, que ya os digo yo que a mí no me va a matar, si no lo han hecho ya el caballo, el VIH o la hepatitis. Superviviente de los ochenta y aquí estoy, me cago en mi calavera.

¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, eso, lo del mono. Pues eso, que penséis en la vez que más malos os hayáis sentido, alguna vez que hayáis pensado, «joder, de esta no salgo». O a lo mejor es que nunca os habéis sentido así, niñitos de mamá. Pero ojo, que me alegro por vosotros, ¿eh? De verdad que sí. Bueno, pues coged todo ese malestar, esos dolores infernales de cabeza, de huesos, de articulaciones, esos tembleques incontrolables, los escalofríos atravesándote la espina dorsal, los sudores fríos... y multiplicadlos por infinito. Y no me jodáis los matemáticos. Sí se puede. Os lo digo yo, que lo he sufrido. Y más de una vez. Nadie daba un duro por mí. He enterrado a más amigos de los que tenéis en vuestras ridículas cuentas de redes sociales. Porque hablo de amigos de verdad, no de esos de los que tanto presumís y con los que no sabríais ni de qué hablar, si tuvieseis que tomaros una birra con ellos. Así que no, no la voy a dejar. Al menos mientras siga sin encontrar curro y sin salir del hoyo... No. Mientras siga así, seguiré visitando su luz.

Y ahora, si no os importa, dejadme solo, por favor, que me han dado unas ganas locas de colocarme.



martes, 31 de marzo de 2020

Historia de la gordi confinada y la clase de yoga


Érase una vez una gordi que vivía confinada en un tercero sin ascensor debido a una terrible pandemia sin precedentes que asolaba el país. El miedo al virus había forzado a las autoridades a exigirle a la población que se quedase en casa, limitando las salidas y los desplazamientos a situaciones de extrema necesidad.

Así, tras varios días de encierro, la gordi acabó por fin con las últimas lembas y el último trozo de bizcocho de chocolate que le quedaban, pues si bien no era una gran repostera, sí en cambio una entregada comensala. En esas estaba, tratando de tragar el último pedazo del marmolillo mal llamado bizcocho, ayudándose de un vaso de leche, cuando tomó la determinación de introducir una rutina saludable en sus monótonos días de clausura. No tuvo que pensar demasiado para darse cuenta de que unas clases de yoga online serían una magnífica idea: meditación, estiramientos, algo de ejercicio anaeróbico de cierta exigencia… para terminar con una agradable sesión de relajación.

Dicho y hecho. Unas búsquedas en Internet y redes sociales más tarde, no sin antes pedir alguna recomendación (hay que ir siempre sobre seguro), la gordi se conecta a una sesión de kundalini yoga online, retransmisión en vivo a las 20:15 horas de la tarde. Para ponerse en situación, previamente se ha puesto ropa cómoda, ha encendido incienso y colocado su esterilla, tiene a mano un cojín para sentarse en la postura fácil con mayor comodidad y ha ajustado su flexo LED en modo «relajación», luz blanca cálida, nivel uno de intensidad (de cinco).

La clase empieza y la gordi está muy concentrada. Ni siquiera los maullidos de su gato, protestando para que le llene el cuenco de comida, ni los lametones de su perro consiguen que aparte la mirada del tercer ojo mientras respira profundamente con el abdomen, a ritmo pausado y constante. De momento, todo marcha bien. ¡Qué digo bien, mucho más que eso! Le están dando ganas hasta de ponerse un nombre en sánscrito y de recitar mantras por rutina. Sat – inspira – nam – espira. Sat – inspira – eleva los brazos con las manos entrelazadas por encima de la cabeza – nam – espira – desciende los brazos hasta la altura del pecho. Saaaaaatnaaam. Saaaaaatnaaam. Se diría que ha nacido para eso.

Satisfecha y en estado de semi trance, llega a la última fase: la relajación. Sin perder la concentración, se pone un jersey y se tumba boca arriba, con los brazos y las piernas extendidas y las palmas de las manos mirando hacia el techo. La suave música melódica acaricia sus oídos, el aroma del incienso impregna la estancia y su vientre sube y baja lentamente, marcando el ritmo de su respiración. Desde la lejana pantalla del ordenador, la voz del profesor susurra: evadíos a algún lugar en el que os sintáis plenos, confiados y en paz. Visualizaos allí y seguid respirando profundamente…

Las palabras obran su magia y en un instante se ve transportada a un pequeño prado a orillas de un serpenteante arroyo perdido en algún recóndito lugar de la sierra. Tumbada boca arriba con los ojos cerrados, siente los agradables rayos de sol calentando su piel desnuda. Hasta sus oídos llegan el sonido del agua corriendo entre los árboles y el alegre cantar de los pájaros. Mientras, su entrepierna se derrite, entregada por completo a las húmedas caricias que le profesa la boca de su amante y amado. El incendio se desata así, irremediable e incontrolablemente, y no le queda otra opción que rendirse a las llamas, sumergiéndose en el placer inmediato que le proporcionan sus manos. Hasta la culminación. Satnam.

Y así se acaba la historia de cómo la gordi confinada no consiguió terminar su primera sesión de yoga online.


Momentos con una guitarra

Es una soleada tarde de finales de primavera y estoy sentada en una silla de plástico blanca, en el patio. Las plantas abundan, exuberantes: las gitanillas están a rebosar de flores rosas y rojas, y el olor del jazmín y el azahar impregna el ambiente. Recuerdo unas manitas rechonchas que intentan torpemente alcanzar la posición correcta sobre los trastes de una guitarra. Mi padre está intentando enseñarme a tocar algunos acordes sencillos; La, Re, Do. Toma mis pequeños dedos entre los suyos e intenta llevarlos a la posición correcta de la cuerda y el traste. Yo me esfuerzo por estirar los deditos todo lo que puedo. Nada, no hay manera. Pronto queda claro que tendremos que esperar un poco a que esas manos crezcan lo suficiente como para poder encajar en la guitarra.
Me fascina ver a mi padre tocar y cantar, esa facilidad con la que desgarra las cuerdas, arrancando hermosas melodías que acompaña con su voz grave y profunda. Cuando papá toca la guitarra, su ojos están más vivos que nunca y no deja de sonreír. Su felicidad resulta tan contagiosa que se transmite a quien esté presente, y todo el mundo acaba siempre cantando con él. Papá conoce las canciones que todos queremos oír y sabe amenizar cualquier velada. Por eso quiero aprender a tocar; me gustaría ser como mi padre.
Pasan los años y el deseo infantil de aprender a tocar hace tiempo que quedó olvidado en el fondo de un cajón. Entonces, un día el curso de los acontecimientos cambia y necesito un pretexto para pasar más tiempo con mi padre. Porque ya no vive en casa y el régimen de visitas me resulta incómodo e insuficiente. Así que me acuerdo otra vez de la guitarra y de mi primer intento por aprender. Con mucha ilusión, juntos improvisamos unas clases en el salón, alrededor de la mesa camilla, aderezadas con aroma a tabaco negro y café. Unos sencillos esquemas en un cuaderno de cuadros que me ayuden a recordar la posición de los dedos en los trastes y de nuevo los viejos acordes La, Re, Do. Llegados a ese punto, mis manos han adquirido un tamaño de sobra adecuado para tocar y, satisfecha, empiezo a practicar. Pienso en los buenos momentos que compartiremos en adelante. Ya no hay nada que me impida aprender.
Y, sin embargo, las clases se ven de nuevo bruscamente interrumpidas. Esta vez no tienen la culpa mis manos, ni el tamaño de la guitarra, ni es por falta de motivación. Pero ninguno de los dos supimos prever el infarto que se lo llevaría así, sin avisar, una calurosa noche de verano. Una noche como esas en las que toda la familia, reunida en torno a papá y su guitarra, cantábamos y festejábamos hasta bien entrada la madrugada.
Durante los meses siguientes solo hay una cosa que me ayuda aliviar el inabarcable dolor que siento. Frustrada, me encierro en mi cuarto a tocar, obsesivamente, los pocos acordes que quedaron dibujados en esas hojas de cuaderno. Como si ese ejercicio, a ratos incluso automático, pudiera devolverme una parte de las horas que me habían sido arrebatadas de una forma tan injusta y repentina; una parte del tiempo que ya nunca más compartiría con mi padre.
En la actualidad, sigo conservando esas hojas cuadriculadas en la funda de mi (su) guitarra, junto con todas las canciones que me gusta tocar. Sí, al final aprendí a tocar. Y no solo eso. Aprendí también que ni el más banal de los momentos, ni el más rutinario de los besos puede darse por sentado ni por hecho. Vivamos y cuidémonos de forma consciente, pues no sabemos cuándo podría sernos arrebatado.


lunes, 23 de marzo de 2020

Le trottoir au soleil - No estamos invitados




¡No estamos invitados!


Nos los cruzamos los sábados de primavera. Cuando hace buen tiempo, decimos: «Tienen suerte.» Pero es una suerte aún mayor no participar en la boda. No hay nada peor que la felicidad obligada. Todo el mundo estirado, bien acicalado, reunido en pequeños e incómodos grupos sonrientes en la explanada del ayuntamiento o la plaza de la iglesia. La conversación no arranca, puesto que esperamos a los novios, con una concentración tan intensa que su aparición llega a amordazar los comentarios entusiastas. Tras la ceremonia encontramos el alivio de coger los coches. Al menos algo de movimiento, una bocanada de aire. Los hombres se precipitan en un impulso que da apariencia de agilidad al puerto almidonado de sus trajes de chaqueta. «¿Te llevamos, Christiane?». Las mujeres se llevan la mano a la pamela. En el habitáculo cerrado podremos por fin desahogarnos a base de golpes de claxon. ¿Está lejos? No, unos pocos kilómetros, hay unos jardines al borde de un estanque. Vinieron el jueves a hacerse las fotos.

Después, ahí están las mesitas redondas y, una vez que encontramos nuestro nombre, la inquietud de pensar en el grado de compromiso al leer los nombres vecinos. Eso, cuando no somos más que amigos o con la familia lejana. En ese caso, nos tocará exclamar qué bonito, qué bueno está y qué guapos están a cada momento, como prolegómeno de una conversación artificial y agotadora, teniendo en cuenta que, sin duda no volveremos a ver nunca a esta gente y que es preciso deshacernos en asentimientos, solo por una vez.

Sin embargo, es mucho peor cuando uno se encuentra en el centro de la diana. Los recién casados nunca saben si todo el mundo está satisfecho, qué quiere tu madre, si piensa que es el momento de levantarse para hacer la ronda por las mesas. Antes o después tienen lugar tensas disputas entre las familias, ya sea por el vino o por el crujiente de foie. El vídeo montaje con recuerdos de la etapa universitaria conmemora ampliamente el círculo de Hélène, mientras que apenas esboza el de Christophe, que casi ni aparece. Después del montaje, la música suscita comentarios agridulces, pero eso es cuando ya no nos queda casi nada más que decirnos; ahora empieza una especie de 4 x 4 o maratón de pasarlo en grande, de esos dos lo están dando todo.

Siempre ocurre lo mismo. Qué buen día hace. Es fantástico, no estamos invitados.



Traducción de fragmento de "Le trottoir au soleil", de Vincent Delerm

viernes, 20 de marzo de 2020

Le trottoir au soleil - Puedo darles de cenar



Puedo darles de cenar


En el extremo sur del departamento del Puy-de-Dôme, un pueblecito. Dore-l’Église. El pórtico románico, muy bajo, muy redondeado, es conocido, pero nadie teme sufrir las molestias del turismo, ni siquiera en pleno mes de agosto. Llegamos al caer la tarde, damos un largo paseo por los campos que rodean la aldea. El sol empieza a caer cuando volvemos al coche. Hay un café con una pequeña terraza. No podemos resistirnos a la tentación de sentarnos. No hay más clientela. Como nadie sale a tomarnos la nota, nos levantamos y justo en ese momento, una mujer de cierta edad abre la puerta y se aproxima. Sin prisa, faltaría más, pero una botella pequeña de agua y un tercio de cerveza. Un comentario sobre el calor, sin más pretensiones, por educación recíproca y para ganarse el derecho de quedarse un buen rato. Sin gran novedad ni sorpresa, rápidamente surge una particular complacencia por acomodarse en el silencio. Es la luz, coloreada de miel soñolienta, que lo impregna todo. Los campos circundantes, de matices que se van fundiendo poco a poco, como si cada uno de ellos enfrentase un deseo de singularidad que pronto se adormece. Y sobre todo, la iglesia, la iglesia de oro, un oro mate que penetra con absoluta calma en la piedra en el ocaso. El pórtico se destaca, profuso de dulzura y candidez. La unidad de la luz subraya su redonda perfección. Parece flotar, suspendido, y ganar relieve, curiosamente en proporción inversa a su falta de ostentación.

La luz también está en ti. Cada segundo que pasa te clava aún más en este milagro. Una tarde de verano. ¿Cómo marcharse? Ningún cartel, ningún menú en los cristales de la cafetería. Y sin embargo, cuando la patrona viene a recoger los vasos, te atreves a tentar una ínfima suerte con esta pregunta que planteas en un tono que de antemano suena a negación, como para conjurar la probable respuesta: «¿No sirven comidas?» La mujer no responde de inmediato y el astil de la balanza oscila entre el reparo y la posibilidad. Y entonces: «Puedo darles de cenar.» En realidad, no ha respondido. No sirve comidas, pero puede darnos de cenar, un magnífico menú en el que todo estará bueno, porque no habrá donde elegir. Cenarás a pequeños bocados de sereno asombro —Un salchichón excelente… ¿Te has fijado en qué buen trozo de queso?—. No habrías abandonado esa mesa redonda, algo oxidada. El pórtico va a arder en llamas, adquiriendo una tonalidad coral a la hora del café. Dore-l’Église. Pueden darte de cenar.



Traducción de fragmento de "Le trottoir au soleil", de Philippe Delerm



jueves, 19 de marzo de 2020

De los tiempos convulsos - París Saint-Lazare, dos kilómetros

A tiempos extraordinarios, entradas extraordinarias. Se ha decidido por unanimidad dedicar parte del preciado tiempo que se nos ha regalado a traducir (en lenguaje inclusivo, sin que se note mucho 😉) algunos de los relatos breves de la obra «Le trottoir au soleil», de Philippe Delerm (que ya utilicé en los inicios, ver entrada «De los solsticios»). Por gusto y por regalarnos algo de literatura, que nunca puede hacernos mal, sino todo lo contrario.
Espero que disfrutéis la lectura, como poco, tanto como yo la traducción.



París Saint-Lazare,
dos kilómetros

El tren circula hacia Saint-Lazare. No puede decirse que exista una espera, un deseo. Sin embargo, la aproximación a Saint-Lazare implica la idea de una realización, aunque el programa que nos aguarde no tenga nada de extraordinario. Sobre todo, parece que siempre estemos acercándonos a Saint-Lazare, como si de la flecha de Zenón se tratase, sin llegar nunca a alcanzar nuestro destino. Atravesamos el puente de Asnières. A la derecha, más abajo, hubo una vez una piscina, un rectángulo azul, una sed que no saciaremos nunca. Al pasar, muy deprisa, salpicaduras y confusión: no hay tiempo para fijarse en el movimiento de un nadador concreto, solo la imagen del disfrute de la gente, una efervescencia insolente, un desafío. Entonces, la piscina cierra, el rectángulo se vacía, puede apreciarse con claridad el movimiento en el fondo, la pendiente progresiva del suelo cubierto de teselas, una sensación de profundo silencio; no es por la cercanía del cementerio, pero este rectángulo vacío evoca una cierta imagen de la muerte. Mucho más tarde, el espacio es reemplazado por una zona de juegos, una pista ondulada para monopatines; una iniciativa un tanto insulsa de intentar decir que puede haber otra cosa, más allá del antes y el después.

Asnières, Clichy-Levallois, Pont-Cardinet, muros muy altos justo debajo del jardín de Batignolles y, a la sombra, en letras rojas sobre fondo blanco, «París Saint-Lazare, 2 km». Un poco antes, no nos ha pasado desapercibida la primera señal, «París Saint-Lazare, 5 km». ¿Para infundir paciencia al viajante? Más bien para multiplicar la lentitud progresiva del tren que traquetea casi a velocidad de ralentí. Durante mucho tiempo, íbamos a Saint-Lazare en autobús, más tarde en tren regional. Con independencia de las condiciones del viaje, de pie, sentado más o menos cómodamente, esa desaceleración está siempre ahí, justo antes de llegar a puerto, al igual que la decantación de esta operación mental. Hemos llegado a Saint-Lazare. Podríamos haber llegado a Montparnasse o a la Gare du Nord. Los destinos son distintos, no cabe duda, no nos cruzamos.

Sin embargo, suspendida en el espacio-tiempo, flota esa latente proximidad. Cada persona constituye, en apariencia, una isla. Pero hay edificios, entramados de calles, descoloridos carteles publicitarios y rojizos letreros fluorescentes impresos en los cuerpos, en las cabezas. Ha sucedido con una indiferencia fingida, la mirada taciturna, ya seamos amante a la espera de un encuentro en el vestíbulo, secretario de dirección o empleada de banca. El atraque en París constituye una falsa liberación, aunque el paso rápido quiera dar la impresión contraria al cruzar el andén. Desde la neutralidad, hemos disimulado mucho. Y es que existe una satisfacción oculta y profunda, casi una felicidad secreta en formar parte del viaje, en cruzar infinitamente hacia París capital, en no llegar nunca al destino. En estar en la vida.




jueves, 6 de febrero de 2020

De los regalos


De esos momentos que nos regala la vida, cada día, y que a veces no sabemos apreciar. Como cuando, medio dormida, alargo el brazo y me topo con tu piel. O cuando busco tus pies con los míos, sabiéndolos a escasos centímetros, siempre dispuestos a devolverme las caricias. Moverme con los ojos cerrados al (habitualmente) lado vacío de la cama para fundirme en un abrazo contigo.

Una noche a tu lado está llena de regalos. Como el de tu olor en la almohada, tu mano agarrada a la mía o el sonido de tu respiración. La calma. Contigo duermo mejor y me cuesta menos trabajo despertarme. El motivo es evidente, pues las luces del alba obran entonces la mayor de las magias: ¿o acaso existe mejor regalo que abrir los ojos para mirarme en los tuyos?

viernes, 4 de octubre de 2019

Del otoño



Primero fue el invierno. Llegó sin avisar, cubriéndolo todo con su manto de nieve y de frío. Vino con dedos de hielo que estrangulaban el alma, soltando lo justo para dejarla respirar. Fue el invierno más largo, el de la soledad y la inseguridad escritas con letras mayúsculas. La época hostil, el despertar más cruel. Salir del espejo para descubrir, atónita, que nada era como ella creía. Ese oscuro invierno aprendió a construir muros y a lanzar dagas afiladas. Aprendió a hibernar, a dejar sentimientos en barbecho. Y también, a rebelarse. A protegerse.
Atrás quedó el invierno y llegó entonces la primavera. Un renacer de alegría y vitalidad. Una flamante sonrisa de estreno a la conquista de nuevas experiencias. Y aun así, joven e inexperta. Exuberante y efímera. Unos bonitos pies descalzos que ganan confianza a cada paso que dan, descubriendo un suelo cada vez más firme bajo ellos. Los días que se alargan y templan hasta que puede, por fin, alzar el vuelo y avanzar.
Se adentró así, sin sospecharlo, en un caluroso y asfixiante verano. La pilló desprevenida y con la guardia baja. Confiada esta vez. Sabiéndose más sabia y experta. Lo que empezase como unas vacaciones de ensueño se tornó, en poco tiempo, en una calma chicha, por momentos angustiosa, de la que no veía el modo de escapar. Hasta que recordó que no solo sabía volar y, zambulléndose en el agua, se alejó nadando.
Y a nado firme desembocó, por fin, en un hermoso otoño de tonos cálidos y mullidas alfombras de hojas secas. En un lugar donde detenerse y dejarse mecer por el viento. Un momento de calma. De plenitud. Un otoño que ensancha el espíritu y que, ojalá este sí, sea de hoja perenne.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

De los buenos días…


De esos que arrancan cuando suena el despertador y aún es de noche, pero ya empieza a clarear. Y empieza, también, a refrescar, aunque solo lo justo como para que apetezca acurrucarse bajo la colcha, sin que llegue a costar mucho trabajo salir de la cama. Esos días de principios de otoño en los que el viento trae hasta la ciudad el frío de las montañas y buscas en el armario alguna chaqueta que echarte sobre los brazos desnudos.
Esos días empiezan también con dos gatitos buscando mis manos sobre la cama, en la oscuridad del dormitorio. Con caricias adormiladas en sus cabezas peludas y sus pequeños cuerpos abriéndose paso sobre el mío, sin importarles dónde pisan. Junto al ronroneo incesante, bajo la cama se oyen ya los golpes contra el suelo de una cola canina que se alegra de oír que estoy despierta. No tardaré en notar el húmedo hocico asomándose al borde de la cama, él también buscando mis tan adoradas manos dispensadoras de caricias.
Los días así transcurren tranquilos, entre traducciones y apuntes, tras un agradable paseo por el bosquecillo de la Alhambra o los jardines del paseo de la Bomba. Con una breve siesta después de comer y mensajes de audio para las que están lejos. Al trabajo le sigue otro paseo, esta vez más largo y siempre acompañada de Roque, para continuar con unas risas y unas cervezas con tapa de sushi o unos bloques con los amigos, también coronados con una cerveza.
Así, los buenos días acaban igual que empiezan: conmigo acurrucada bajo una colcha blanca, flanqueada por dos gatos y custodiada por mi perro guardián, que vela mis sueños bajo la cama.

—¿Y qué hay de los días que te despiertas conmigo?
—Pero, cariño, yo hablaba de los buenos días. Esos días son los mejores.

jueves, 5 de septiembre de 2019

De la Leyenda de Bamako


Érase una vez, en la época en la que las noches eran oscuras e impenetrables como la boca de un lobo porque la luna aún no brillaba en el cielo, en la aldea de Kikamo vivía una niña llamada Bamako. Era muy hermosa y amable, quería mucho a sus padres y a su gente, que también la tenían en gran estima. Todos los habitantes de la aldea admiraban sus grandes ojos resplandecientes, que brillaban como el sol.

Un día, un grupo de soldados proveniente del norte atacó la aldea de Bamako y todas las de la región. Astutos, feroces y sanguinarios, estos soldados solo combatían al abrigo de la noche y se escondían durante el día. Los amigos de Bamako les plantaron cara con valentía, pero no sabían luchar en la oscuridad y tras incontables noches de combates, estaban a punto de perder la vida a manos de sus desalmados enemigos.

Una noche, el dios N’togini se apareció a Bamako y le dijo: «¡Bamako! Si quieres salvar a tu pueblo, escucha mi consejo: mi hijo Djambé, que vive en la cueva a orillas del río, está locamente enamorado de ti desde hace mucho tiempo. Si aceptas convertirte en su esposa, te llevará al cielo, donde brillarás cada noche. De este modo, tu pueblo ya no tendrá que combatir en la oscuridad, puesto que tú iluminarás sus noches. Gracias a ti, podrá vencer a sus enemigos.»

- «¿Qué debo hacer?», preguntó Bamako.

N’togini le explicó:

- «Esta noche, después de ponerse el sol, sube a la gran piedra que domina la cueva y lánzate al río. No tengas miedo, Djambé estará ahí para recibirte. Ten confianza y nada malo te pasará.»

Bamako, que era muy valiente, no dudó un solo instante y siguió las indicaciones del dios al pie de la letra. Saltó al vacío, Djambé la atrapó y la llevó al cielo, tal y como su padre le había prometido. Entonces, se produjo un milagro. ¡Cuando el sol se puso, el rostro resplandeciente de Bamako apareció en medio del cielo! El brillo de sus enormes ojos iluminaba la oscuridad de la noche.

Y por fin, esa noche los aldeanos consiguieron una clamorosa victoria, pudiendo dar caza a sus enemigos.

Desde entonces, el resplandeciente rostro de Bamako ilumina el cielo cada noche.




[Traducción libre del francés de La légende de Bamako, disponible en:
https://www.teteamodeler.com/boiteaoutils/expression/fiche61.asp]

martes, 20 de agosto de 2019

De los homenajes


Esta tarde paseaba con Roque cuando llamaron mi atención unas hierbas medio secas que crecían en un tejado. Esa visión me trasladó en el acto a una época y una ciudad distintas, a una tarde de otoño entre las callejas de un barrio de Madrid. Vallekas, Nueva Numancia, paseando perdida entre la avenida del Monte Igueldo y el parque Amos Acero, mi ávida mirada se esfuerza por encontrar la belleza entre los sucios edificios y las apresuradas gentes. Tengo una flamante cámara réflex que estoy estrenando y busco, tozuda, algo hermoso que inmortalizar. Como hoy, ese día me fijé también en unas briznas de hierba que brotaban del canalón de un tejado, aferrándose a la vida en ese entorno hostil. Fue una de las primeras fotografías que hice en modo semiautomático con mi nuevo juguete.

Desde esa tarde han pasado ya ocho años. ¡Ocho! La vida se nos escapa y a menudo no nos deja ni un instante para pensarlo. Para tomar consciencia del hecho y actuar. Pero, actuar, ¿cómo? Pues, haciendo que cada día cuente. Buscando la belleza en los callejones ruidosos, sucios y abarrotados de una gran ciudad. O después de las interminables horas tras la pantalla del ordenador. Llamando a una amiga con la que hace tiempo que no hablas o robándole horas al sueño para leerle unas páginas de un libro a esa persona que te hace soñar despierta. Sacudiéndote el cansancio y recorriendo cientos de kilómetros para estar con la familia o dándole un abrazo a un compañero para celebrar que ha encadenado su primer 6a+. Vamos a tener mucho tiempo para dormir, mucho tiempo para estar solos.

El lunes se cumplen también quince años desde que mi padre nos dejó. Esa fue la primera vez que se me rompió el corazón y fue, de lejos, la más dolorosa. Mentiría si digo que no me sentí completamente desamparada. Perdida. Desganada. Triste. Algo en mí cambió ese día para siempre, alterando mi escala de prioridades. Poniéndolo todo en perspectiva, relativizando los demás “problemas”. Cuando mi padre murió tenía 46 años y a medida que voy acercándome a esa cifra, no dejo de pensar que, si me tocase marcharme a su misma edad, apenas me quedarían once años en este mundo. ¿Y qué son once años? Nada. Un suspiro. Un pestañeo. Por eso, desde que decidiera cambiar las prisas de la capital por las aceras adoquinadas del Realejo, intento vivir rindiendo un homenaje constante a esta vida efímera. Haciendo todo lo que puedo por ser feliz y, a su vez, hacer felices a las personas que tengo la suerte de que me acompañen. Pues de todas las cosas que me enseñó mi amado padre, la lección más importante y dura que me transmitió fue que debemos vivir cada día como si fuese el último. Pues, de hecho, podría serlo. Porque un día te vas a la cama y podrías no despertar ya más. Por eso, todos los diecinueve de agosto, en especial, homenajeo a mi padre gozando la vida. Además, en esta sociedad en la que vivimos, disponer de nuestro tiempo como queremos, con el sencillo propósito de ser más felices, sin producir ni consumir nada, es uno de los mayores actos de rebeldía que podemos cometer.





sábado, 1 de junio de 2019

De los despertares...

Con pelos de loca
y la sonrisa boba
me gusta despertarme

Con ojeras gozosas
y manos ansiosas
por tocarte
entre sábanas revueltas
con tu lengua entre mis piernas
aún borracha de tus besos
con resaca de tu cuerpo
con tu alma entre los labios
mi corazón, en tus manos

Me gusta despertarme
con el corazón lleno
y la mente rebelde
y todas las puertas cerradas
para que no te vayas
para que no me dejes

            💜