martes, 20 de agosto de 2019

De los homenajes


Esta tarde paseaba con Roque cuando llamaron mi atención unas hierbas medio secas que crecían en un tejado. Esa visión me trasladó en el acto a una época y una ciudad distintas, a una tarde de otoño entre las callejas de un barrio de Madrid. Vallekas, Nueva Numancia, paseando perdida entre la avenida del Monte Igueldo y el parque Amos Acero, mi ávida mirada se esfuerza por encontrar la belleza entre los sucios edificios y las apresuradas gentes. Tengo una flamante cámara réflex que estoy estrenando y busco, tozuda, algo hermoso que inmortalizar. Como hoy, ese día me fijé también en unas briznas de hierba que brotaban del canalón de un tejado, aferrándose a la vida en ese entorno hostil. Fue una de las primeras fotografías que hice en modo semiautomático con mi nuevo juguete.

Desde esa tarde han pasado ya ocho años. ¡Ocho! La vida se nos escapa y a menudo no nos deja ni un instante para pensarlo. Para tomar consciencia del hecho y actuar. Pero, actuar, ¿cómo? Pues, haciendo que cada día cuente. Buscando la belleza en los callejones ruidosos, sucios y abarrotados de una gran ciudad. O después de las interminables horas tras la pantalla del ordenador. Llamando a una amiga con la que hace tiempo que no hablas o robándole horas al sueño para leerle unas páginas de un libro a esa persona que te hace soñar despierta. Sacudiéndote el cansancio y recorriendo cientos de kilómetros para estar con la familia o dándole un abrazo a un compañero para celebrar que ha encadenado su primer 6a+. Vamos a tener mucho tiempo para dormir, mucho tiempo para estar solos.

El lunes se cumplen también quince años desde que mi padre nos dejó. Esa fue la primera vez que se me rompió el corazón y fue, de lejos, la más dolorosa. Mentiría si digo que no me sentí completamente desamparada. Perdida. Desganada. Triste. Algo en mí cambió ese día para siempre, alterando mi escala de prioridades. Poniéndolo todo en perspectiva, relativizando los demás “problemas”. Cuando mi padre murió tenía 46 años y a medida que voy acercándome a esa cifra, no dejo de pensar que, si me tocase marcharme a su misma edad, apenas me quedarían once años en este mundo. ¿Y qué son once años? Nada. Un suspiro. Un pestañeo. Por eso, desde que decidiera cambiar las prisas de la capital por las aceras adoquinadas del Realejo, intento vivir rindiendo un homenaje constante a esta vida efímera. Haciendo todo lo que puedo por ser feliz y, a su vez, hacer felices a las personas que tengo la suerte de que me acompañen. Pues de todas las cosas que me enseñó mi amado padre, la lección más importante y dura que me transmitió fue que debemos vivir cada día como si fuese el último. Pues, de hecho, podría serlo. Porque un día te vas a la cama y podrías no despertar ya más. Por eso, todos los diecinueve de agosto, en especial, homenajeo a mi padre gozando la vida. Además, en esta sociedad en la que vivimos, disponer de nuestro tiempo como queremos, con el sencillo propósito de ser más felices, sin producir ni consumir nada, es uno de los mayores actos de rebeldía que podemos cometer.





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