jueves, 19 de marzo de 2020

De los tiempos convulsos - París Saint-Lazare, dos kilómetros

A tiempos extraordinarios, entradas extraordinarias. Se ha decidido por unanimidad dedicar parte del preciado tiempo que se nos ha regalado a traducir (en lenguaje inclusivo, sin que se note mucho 😉) algunos de los relatos breves de la obra «Le trottoir au soleil», de Philippe Delerm (que ya utilicé en los inicios, ver entrada «De los solsticios»). Por gusto y por regalarnos algo de literatura, que nunca puede hacernos mal, sino todo lo contrario.
Espero que disfrutéis la lectura, como poco, tanto como yo la traducción.



París Saint-Lazare,
dos kilómetros

El tren circula hacia Saint-Lazare. No puede decirse que exista una espera, un deseo. Sin embargo, la aproximación a Saint-Lazare implica la idea de una realización, aunque el programa que nos aguarde no tenga nada de extraordinario. Sobre todo, parece que siempre estemos acercándonos a Saint-Lazare, como si de la flecha de Zenón se tratase, sin llegar nunca a alcanzar nuestro destino. Atravesamos el puente de Asnières. A la derecha, más abajo, hubo una vez una piscina, un rectángulo azul, una sed que no saciaremos nunca. Al pasar, muy deprisa, salpicaduras y confusión: no hay tiempo para fijarse en el movimiento de un nadador concreto, solo la imagen del disfrute de la gente, una efervescencia insolente, un desafío. Entonces, la piscina cierra, el rectángulo se vacía, puede apreciarse con claridad el movimiento en el fondo, la pendiente progresiva del suelo cubierto de teselas, una sensación de profundo silencio; no es por la cercanía del cementerio, pero este rectángulo vacío evoca una cierta imagen de la muerte. Mucho más tarde, el espacio es reemplazado por una zona de juegos, una pista ondulada para monopatines; una iniciativa un tanto insulsa de intentar decir que puede haber otra cosa, más allá del antes y el después.

Asnières, Clichy-Levallois, Pont-Cardinet, muros muy altos justo debajo del jardín de Batignolles y, a la sombra, en letras rojas sobre fondo blanco, «París Saint-Lazare, 2 km». Un poco antes, no nos ha pasado desapercibida la primera señal, «París Saint-Lazare, 5 km». ¿Para infundir paciencia al viajante? Más bien para multiplicar la lentitud progresiva del tren que traquetea casi a velocidad de ralentí. Durante mucho tiempo, íbamos a Saint-Lazare en autobús, más tarde en tren regional. Con independencia de las condiciones del viaje, de pie, sentado más o menos cómodamente, esa desaceleración está siempre ahí, justo antes de llegar a puerto, al igual que la decantación de esta operación mental. Hemos llegado a Saint-Lazare. Podríamos haber llegado a Montparnasse o a la Gare du Nord. Los destinos son distintos, no cabe duda, no nos cruzamos.

Sin embargo, suspendida en el espacio-tiempo, flota esa latente proximidad. Cada persona constituye, en apariencia, una isla. Pero hay edificios, entramados de calles, descoloridos carteles publicitarios y rojizos letreros fluorescentes impresos en los cuerpos, en las cabezas. Ha sucedido con una indiferencia fingida, la mirada taciturna, ya seamos amante a la espera de un encuentro en el vestíbulo, secretario de dirección o empleada de banca. El atraque en París constituye una falsa liberación, aunque el paso rápido quiera dar la impresión contraria al cruzar el andén. Desde la neutralidad, hemos disimulado mucho. Y es que existe una satisfacción oculta y profunda, casi una felicidad secreta en formar parte del viaje, en cruzar infinitamente hacia París capital, en no llegar nunca al destino. En estar en la vida.




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