lunes, 23 de marzo de 2020

Le trottoir au soleil - No estamos invitados




¡No estamos invitados!


Nos los cruzamos los sábados de primavera. Cuando hace buen tiempo, decimos: «Tienen suerte.» Pero es una suerte aún mayor no participar en la boda. No hay nada peor que la felicidad obligada. Todo el mundo estirado, bien acicalado, reunido en pequeños e incómodos grupos sonrientes en la explanada del ayuntamiento o la plaza de la iglesia. La conversación no arranca, puesto que esperamos a los novios, con una concentración tan intensa que su aparición llega a amordazar los comentarios entusiastas. Tras la ceremonia encontramos el alivio de coger los coches. Al menos algo de movimiento, una bocanada de aire. Los hombres se precipitan en un impulso que da apariencia de agilidad al puerto almidonado de sus trajes de chaqueta. «¿Te llevamos, Christiane?». Las mujeres se llevan la mano a la pamela. En el habitáculo cerrado podremos por fin desahogarnos a base de golpes de claxon. ¿Está lejos? No, unos pocos kilómetros, hay unos jardines al borde de un estanque. Vinieron el jueves a hacerse las fotos.

Después, ahí están las mesitas redondas y, una vez que encontramos nuestro nombre, la inquietud de pensar en el grado de compromiso al leer los nombres vecinos. Eso, cuando no somos más que amigos o con la familia lejana. En ese caso, nos tocará exclamar qué bonito, qué bueno está y qué guapos están a cada momento, como prolegómeno de una conversación artificial y agotadora, teniendo en cuenta que, sin duda no volveremos a ver nunca a esta gente y que es preciso deshacernos en asentimientos, solo por una vez.

Sin embargo, es mucho peor cuando uno se encuentra en el centro de la diana. Los recién casados nunca saben si todo el mundo está satisfecho, qué quiere tu madre, si piensa que es el momento de levantarse para hacer la ronda por las mesas. Antes o después tienen lugar tensas disputas entre las familias, ya sea por el vino o por el crujiente de foie. El vídeo montaje con recuerdos de la etapa universitaria conmemora ampliamente el círculo de Hélène, mientras que apenas esboza el de Christophe, que casi ni aparece. Después del montaje, la música suscita comentarios agridulces, pero eso es cuando ya no nos queda casi nada más que decirnos; ahora empieza una especie de 4 x 4 o maratón de pasarlo en grande, de esos dos lo están dando todo.

Siempre ocurre lo mismo. Qué buen día hace. Es fantástico, no estamos invitados.



Traducción de fragmento de "Le trottoir au soleil", de Vincent Delerm

viernes, 20 de marzo de 2020

Le trottoir au soleil - Puedo darles de cenar



Puedo darles de cenar


En el extremo sur del departamento del Puy-de-Dôme, un pueblecito. Dore-l’Église. El pórtico románico, muy bajo, muy redondeado, es conocido, pero nadie teme sufrir las molestias del turismo, ni siquiera en pleno mes de agosto. Llegamos al caer la tarde, damos un largo paseo por los campos que rodean la aldea. El sol empieza a caer cuando volvemos al coche. Hay un café con una pequeña terraza. No podemos resistirnos a la tentación de sentarnos. No hay más clientela. Como nadie sale a tomarnos la nota, nos levantamos y justo en ese momento, una mujer de cierta edad abre la puerta y se aproxima. Sin prisa, faltaría más, pero una botella pequeña de agua y un tercio de cerveza. Un comentario sobre el calor, sin más pretensiones, por educación recíproca y para ganarse el derecho de quedarse un buen rato. Sin gran novedad ni sorpresa, rápidamente surge una particular complacencia por acomodarse en el silencio. Es la luz, coloreada de miel soñolienta, que lo impregna todo. Los campos circundantes, de matices que se van fundiendo poco a poco, como si cada uno de ellos enfrentase un deseo de singularidad que pronto se adormece. Y sobre todo, la iglesia, la iglesia de oro, un oro mate que penetra con absoluta calma en la piedra en el ocaso. El pórtico se destaca, profuso de dulzura y candidez. La unidad de la luz subraya su redonda perfección. Parece flotar, suspendido, y ganar relieve, curiosamente en proporción inversa a su falta de ostentación.

La luz también está en ti. Cada segundo que pasa te clava aún más en este milagro. Una tarde de verano. ¿Cómo marcharse? Ningún cartel, ningún menú en los cristales de la cafetería. Y sin embargo, cuando la patrona viene a recoger los vasos, te atreves a tentar una ínfima suerte con esta pregunta que planteas en un tono que de antemano suena a negación, como para conjurar la probable respuesta: «¿No sirven comidas?» La mujer no responde de inmediato y el astil de la balanza oscila entre el reparo y la posibilidad. Y entonces: «Puedo darles de cenar.» En realidad, no ha respondido. No sirve comidas, pero puede darnos de cenar, un magnífico menú en el que todo estará bueno, porque no habrá donde elegir. Cenarás a pequeños bocados de sereno asombro —Un salchichón excelente… ¿Te has fijado en qué buen trozo de queso?—. No habrías abandonado esa mesa redonda, algo oxidada. El pórtico va a arder en llamas, adquiriendo una tonalidad coral a la hora del café. Dore-l’Église. Pueden darte de cenar.



Traducción de fragmento de "Le trottoir au soleil", de Philippe Delerm



jueves, 19 de marzo de 2020

De los tiempos convulsos - París Saint-Lazare, dos kilómetros

A tiempos extraordinarios, entradas extraordinarias. Se ha decidido por unanimidad dedicar parte del preciado tiempo que se nos ha regalado a traducir (en lenguaje inclusivo, sin que se note mucho 😉) algunos de los relatos breves de la obra «Le trottoir au soleil», de Philippe Delerm (que ya utilicé en los inicios, ver entrada «De los solsticios»). Por gusto y por regalarnos algo de literatura, que nunca puede hacernos mal, sino todo lo contrario.
Espero que disfrutéis la lectura, como poco, tanto como yo la traducción.



París Saint-Lazare,
dos kilómetros

El tren circula hacia Saint-Lazare. No puede decirse que exista una espera, un deseo. Sin embargo, la aproximación a Saint-Lazare implica la idea de una realización, aunque el programa que nos aguarde no tenga nada de extraordinario. Sobre todo, parece que siempre estemos acercándonos a Saint-Lazare, como si de la flecha de Zenón se tratase, sin llegar nunca a alcanzar nuestro destino. Atravesamos el puente de Asnières. A la derecha, más abajo, hubo una vez una piscina, un rectángulo azul, una sed que no saciaremos nunca. Al pasar, muy deprisa, salpicaduras y confusión: no hay tiempo para fijarse en el movimiento de un nadador concreto, solo la imagen del disfrute de la gente, una efervescencia insolente, un desafío. Entonces, la piscina cierra, el rectángulo se vacía, puede apreciarse con claridad el movimiento en el fondo, la pendiente progresiva del suelo cubierto de teselas, una sensación de profundo silencio; no es por la cercanía del cementerio, pero este rectángulo vacío evoca una cierta imagen de la muerte. Mucho más tarde, el espacio es reemplazado por una zona de juegos, una pista ondulada para monopatines; una iniciativa un tanto insulsa de intentar decir que puede haber otra cosa, más allá del antes y el después.

Asnières, Clichy-Levallois, Pont-Cardinet, muros muy altos justo debajo del jardín de Batignolles y, a la sombra, en letras rojas sobre fondo blanco, «París Saint-Lazare, 2 km». Un poco antes, no nos ha pasado desapercibida la primera señal, «París Saint-Lazare, 5 km». ¿Para infundir paciencia al viajante? Más bien para multiplicar la lentitud progresiva del tren que traquetea casi a velocidad de ralentí. Durante mucho tiempo, íbamos a Saint-Lazare en autobús, más tarde en tren regional. Con independencia de las condiciones del viaje, de pie, sentado más o menos cómodamente, esa desaceleración está siempre ahí, justo antes de llegar a puerto, al igual que la decantación de esta operación mental. Hemos llegado a Saint-Lazare. Podríamos haber llegado a Montparnasse o a la Gare du Nord. Los destinos son distintos, no cabe duda, no nos cruzamos.

Sin embargo, suspendida en el espacio-tiempo, flota esa latente proximidad. Cada persona constituye, en apariencia, una isla. Pero hay edificios, entramados de calles, descoloridos carteles publicitarios y rojizos letreros fluorescentes impresos en los cuerpos, en las cabezas. Ha sucedido con una indiferencia fingida, la mirada taciturna, ya seamos amante a la espera de un encuentro en el vestíbulo, secretario de dirección o empleada de banca. El atraque en París constituye una falsa liberación, aunque el paso rápido quiera dar la impresión contraria al cruzar el andén. Desde la neutralidad, hemos disimulado mucho. Y es que existe una satisfacción oculta y profunda, casi una felicidad secreta en formar parte del viaje, en cruzar infinitamente hacia París capital, en no llegar nunca al destino. En estar en la vida.




jueves, 6 de febrero de 2020

De los regalos


De esos momentos que nos regala la vida, cada día, y que a veces no sabemos apreciar. Como cuando, medio dormida, alargo el brazo y me topo con tu piel. O cuando busco tus pies con los míos, sabiéndolos a escasos centímetros, siempre dispuestos a devolverme las caricias. Moverme con los ojos cerrados al (habitualmente) lado vacío de la cama para fundirme en un abrazo contigo.

Una noche a tu lado está llena de regalos. Como el de tu olor en la almohada, tu mano agarrada a la mía o el sonido de tu respiración. La calma. Contigo duermo mejor y me cuesta menos trabajo despertarme. El motivo es evidente, pues las luces del alba obran entonces la mayor de las magias: ¿o acaso existe mejor regalo que abrir los ojos para mirarme en los tuyos?

viernes, 4 de octubre de 2019

Del otoño



Primero fue el invierno. Llegó sin avisar, cubriéndolo todo con su manto de nieve y de frío. Vino con dedos de hielo que estrangulaban el alma, soltando lo justo para dejarla respirar. Fue el invierno más largo, el de la soledad y la inseguridad escritas con letras mayúsculas. La época hostil, el despertar más cruel. Salir del espejo para descubrir, atónita, que nada era como ella creía. Ese oscuro invierno aprendió a construir muros y a lanzar dagas afiladas. Aprendió a hibernar, a dejar sentimientos en barbecho. Y también, a rebelarse. A protegerse.
Atrás quedó el invierno y llegó entonces la primavera. Un renacer de alegría y vitalidad. Una flamante sonrisa de estreno a la conquista de nuevas experiencias. Y aun así, joven e inexperta. Exuberante y efímera. Unos bonitos pies descalzos que ganan confianza a cada paso que dan, descubriendo un suelo cada vez más firme bajo ellos. Los días que se alargan y templan hasta que puede, por fin, alzar el vuelo y avanzar.
Se adentró así, sin sospecharlo, en un caluroso y asfixiante verano. La pilló desprevenida y con la guardia baja. Confiada esta vez. Sabiéndose más sabia y experta. Lo que empezase como unas vacaciones de ensueño se tornó, en poco tiempo, en una calma chicha, por momentos angustiosa, de la que no veía el modo de escapar. Hasta que recordó que no solo sabía volar y, zambulléndose en el agua, se alejó nadando.
Y a nado firme desembocó, por fin, en un hermoso otoño de tonos cálidos y mullidas alfombras de hojas secas. En un lugar donde detenerse y dejarse mecer por el viento. Un momento de calma. De plenitud. Un otoño que ensancha el espíritu y que, ojalá este sí, sea de hoja perenne.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

De los buenos días…


De esos que arrancan cuando suena el despertador y aún es de noche, pero ya empieza a clarear. Y empieza, también, a refrescar, aunque solo lo justo como para que apetezca acurrucarse bajo la colcha, sin que llegue a costar mucho trabajo salir de la cama. Esos días de principios de otoño en los que el viento trae hasta la ciudad el frío de las montañas y buscas en el armario alguna chaqueta que echarte sobre los brazos desnudos.
Esos días empiezan también con dos gatitos buscando mis manos sobre la cama, en la oscuridad del dormitorio. Con caricias adormiladas en sus cabezas peludas y sus pequeños cuerpos abriéndose paso sobre el mío, sin importarles dónde pisan. Junto al ronroneo incesante, bajo la cama se oyen ya los golpes contra el suelo de una cola canina que se alegra de oír que estoy despierta. No tardaré en notar el húmedo hocico asomándose al borde de la cama, él también buscando mis tan adoradas manos dispensadoras de caricias.
Los días así transcurren tranquilos, entre traducciones y apuntes, tras un agradable paseo por el bosquecillo de la Alhambra o los jardines del paseo de la Bomba. Con una breve siesta después de comer y mensajes de audio para las que están lejos. Al trabajo le sigue otro paseo, esta vez más largo y siempre acompañada de Roque, para continuar con unas risas y unas cervezas con tapa de sushi o unos bloques con los amigos, también coronados con una cerveza.
Así, los buenos días acaban igual que empiezan: conmigo acurrucada bajo una colcha blanca, flanqueada por dos gatos y custodiada por mi perro guardián, que vela mis sueños bajo la cama.

—¿Y qué hay de los días que te despiertas conmigo?
—Pero, cariño, yo hablaba de los buenos días. Esos días son los mejores.

jueves, 5 de septiembre de 2019

De la Leyenda de Bamako


Érase una vez, en la época en la que las noches eran oscuras e impenetrables como la boca de un lobo porque la luna aún no brillaba en el cielo, en la aldea de Kikamo vivía una niña llamada Bamako. Era muy hermosa y amable, quería mucho a sus padres y a su gente, que también la tenían en gran estima. Todos los habitantes de la aldea admiraban sus grandes ojos resplandecientes, que brillaban como el sol.

Un día, un grupo de soldados proveniente del norte atacó la aldea de Bamako y todas las de la región. Astutos, feroces y sanguinarios, estos soldados solo combatían al abrigo de la noche y se escondían durante el día. Los amigos de Bamako les plantaron cara con valentía, pero no sabían luchar en la oscuridad y tras incontables noches de combates, estaban a punto de perder la vida a manos de sus desalmados enemigos.

Una noche, el dios N’togini se apareció a Bamako y le dijo: «¡Bamako! Si quieres salvar a tu pueblo, escucha mi consejo: mi hijo Djambé, que vive en la cueva a orillas del río, está locamente enamorado de ti desde hace mucho tiempo. Si aceptas convertirte en su esposa, te llevará al cielo, donde brillarás cada noche. De este modo, tu pueblo ya no tendrá que combatir en la oscuridad, puesto que tú iluminarás sus noches. Gracias a ti, podrá vencer a sus enemigos.»

- «¿Qué debo hacer?», preguntó Bamako.

N’togini le explicó:

- «Esta noche, después de ponerse el sol, sube a la gran piedra que domina la cueva y lánzate al río. No tengas miedo, Djambé estará ahí para recibirte. Ten confianza y nada malo te pasará.»

Bamako, que era muy valiente, no dudó un solo instante y siguió las indicaciones del dios al pie de la letra. Saltó al vacío, Djambé la atrapó y la llevó al cielo, tal y como su padre le había prometido. Entonces, se produjo un milagro. ¡Cuando el sol se puso, el rostro resplandeciente de Bamako apareció en medio del cielo! El brillo de sus enormes ojos iluminaba la oscuridad de la noche.

Y por fin, esa noche los aldeanos consiguieron una clamorosa victoria, pudiendo dar caza a sus enemigos.

Desde entonces, el resplandeciente rostro de Bamako ilumina el cielo cada noche.




[Traducción libre del francés de La légende de Bamako, disponible en:
https://www.teteamodeler.com/boiteaoutils/expression/fiche61.asp]