jueves, 14 de marzo de 2019

De los puntos y aparte


Digan lo que digan, no es fácil cambiar de párrafo. Empiezo siempre a escribir con muchas ganas, entregada. Dispuesta a todo, afronto la página en blanco con la cabeza llena de ideas, entusiasmada, pensando en las hermosas palabras que se irán desgranando de la pluma. Se diría que soy una fuente inagotable de creatividad. Una nueva historia por delante: ¡Ah! ¡Qué sensación tan maravillosa! Me tiene todo el día ocupada, con una sonrisa boba en la cara, los ojos brillantes y la mente bulliciosa, ella siempre un paso por delante. Y entonces, en un momento dado, las palabras ya no fluyen como antes. El motivo no es evidente, la historia parece que se me atraganta y yo, que soy de naturaleza optimista, decido dejar la mente y la pluma reposar. Sin embargo, ya ha empezado. Y poco a poco, cada vez que intento retomar la escritura, las ideas se retuercen y se entrelazan, confusas, opacas, y el estilo se complica, sin conseguir construir ese puente entre el papel y el lector ni transmitir todo lo que veo, siento, pienso, deseo, anhelo. Atrás quedó la ligereza inicial, las frases son ahora cada vez más complejas y lo que antes sonase fresco y sencillo se ha convertido en interminables subordinadas que derivan, a su vez, en sub-subordinadas que exasperan y confunden, en mis intentos desesperados por hacerme entender, por explicarme, cuando no consigo sino arañar la superficie del papel y solo me falta gritar, hasta dejarme prácticamente agotada, sin aliento. Y entonces, tras muchas noches sin dormir, recupero la lucidez. Mi mente se despeja; está clarísimo. Solo hace falta poner un punto y aparte.
Y abordar nuevas ideas.

miércoles, 13 de febrero de 2019

De las palabras


A medida que avanzamos en la edad adulta nos va costando cada vez más decir las cosas. Empieza con pequeños detalles que obedecen a las normas de convivencia de nuestra hipócrita sociedad. Mentiras piadosas que decimos y aceptamos para sobrevivir; decir siempre todo lo que a uno se le pasa por la cabeza no sería prudente ni necesario.

Sin embargo, esta manía nuestra de no decir las cosas se va extendiendo a otros ámbitos que van mucho más allá del verbalizar lo mucho que ha engordado últimamente fulanito o lo cansada (¿o triste?) que parece fulanita desde hace unos meses. Y así, poco a poco, dejamos de decir cosas importantes que afectan a nuestras relaciones, a nuestro estado de ánimo, a nuestra vida. Sobre todo cuando se trata de hablar de nuestros sentimientos. Ya sea por nuestras amistades o por nuestra pareja. Nos tragamos las palabras, nos engañamos pensando que ya no es necesario hablarlo o posponemos el momento de decirlas, tratando de encontrar la ocasión idónea. Hasta que se nos olvidan… y ahí es donde está la trampa, porque nunca se olvidan. Las palabras envenenadas sedimentan y se amontonan unas sobre otras, generando un pesado poso negro que cargamos en las entrañas como una losa; en muchas ocasiones, sin ser siquiera conscientes de ello. Y nos enfada y nos frustra. Nos irrita. Pero seguimos adelante pensando que el motivo es otro, para no afrontarlo; siempre, para no hablar. Es primavera, hace buen tiempo y las vacaciones de verano se encuentran a la vuelta de la esquina, ¿por qué no hablar mejor de eso?

Un día de estos voy a vomitar todo lo que llevo dentro y voy a seguir adelante, liviana y tranquila. Desintoxicada.

martes, 1 de agosto de 2017

De Benahoare

Mi amigo Antonio le dice con frecuencia a su pareja: “Bésame, que se nos escapa la vida”. Y dejando a un lado la ternura de la situación, que siempre me hace sonreír, lo cierto es que lo que dice no es ninguna tontería.

En estos dos últimos meses, no es que no haya escrito; sí que lo he hecho, y mucho. Pero he escrito para mí, he plasmado mis reflexiones en el papel, a la antigua usanza, con un bolígrafo, en alguna de mis muchas de libretas. Y he visto cómo el tiempo se escurría entre mis dedos, deprisa, tal y como pasa el tiempo cuando se disfruta. Últimamente he adquirido una conciencia casi física de lo efímeros que resultan los momentos buenos; y los malos, por ende. Aunque se perciban de modo diferente. Curiosamente, esta nueva conciencia me permite ser menos ansiosa ante la espera (por ejemplo, de un viaje), saborear mejor los momentos dulces y relativizar los días grises.

Estos meses han sido unos meses intensos, con varios viajes que han concluido con mi reciente visita a Benahoare, como llamaban los aborígenes a la isla de La Palma; la Isla Bonita. Ha sido mi primer viaje en solitario y una experiencia que aguardaba con ilusión desde que empecé a planificarla en primavera. Curiosamente, y a pesar de que sin ninguna duda han sido cinco días magníficos, allí el tiempo no pasaba tan aprisa. Parecía suspendido entre el cielo y el océano, a medio camino entre el mar de nubes que se acumulaba en las cumbres de la Caldera de Taburiente y las costas pedregosas de la isla. Y experimenté la calma. El deambular sin seguir una ruta programada, improvisando, contemplando. He tenido tiempo para todo, menos para aburrirme. Se me da bien estar conmigo misma. Siempre me ha gustado tener una pequeña dosis diaria de soledad y aunque desde hace un tiempo esa dosis dista mucho de ser pequeña, la sigo disfrutando igual. Recuerdo que la última vez que visité a mi abuela, esta me dijo, como quien confiesa algo malo, que disfrutaba mucho estando sola: “Yo me siento en mi salita, con mi costura, un libro o la tele, y a menudo pienso que poca gente habrá en el mundo que esté tan a gusto como me encuentro yo en este momento.” Hay que saber estar a solas con uno mismo; creo que sobra explicar por qué la adoro tanto. 

Al contrario de lo que algunos pensarán, en este viaje no he llegado a ningún conocimiento profundo de mi ser, ni he tenido ninguna revelación trascendental. He reflexionado, claro que sí, y he escrito, mucho más que en los últimos meses, pero sobre todo he estado allí, presente en esos momentos y en esos lugares, aprehendiéndolo todo con los ojos, las manos, el alma. Y aprendiendo. Y deseando saber más. ¿Qué son estos árboles? ¿Por qué son distintos a un lado y otro de la isla? ¿Cómo se llamará este pajarillo que me acompaña durante mi ruta? Ya lo he visto en otros rincones… ¿Cuál es el nombre de todas estas especies de cactus? ¿A qué se dedican los distintos telescopios del Roque de los Muchachos? ¿Cómo puede ser que no consiga encontrar a Casiopea? Claro que estamos más al sur, pero… Miro ahora la naturaleza como quien se asoma por la ventana a un fascinante mundo que, si bien puede ver, apenas llega a tocar, a entender. Y vuelvo a ser consciente de lo mucho que no sé, y eso me hace sentir pequeña. Y esa sensación me reconforta, pues en mi insignificancia, estoy donde debo estar. Y desde ella puedo seguir avanzando segura, y ahora reconozco al lagarto papazul, al cernícalo o al pinzón canario. Y los tiles y los pinos canarios, y sé que la isla por la que camino fue la penúltima del archipiélago en surgir del mar y que las tierras del sur apenas tienen trescientos años, pues son resultado de la erupción del volcán de San Antonio en el siglo XVII. Y que el telescopio que visité se llama William Herschel en honor al astrónomo que descubrió Urano, ya bien cumplidos los cuarenta y tras iniciarse en la disciplina a los treinta y cinco. Ya ves… después de todo, aún tengo mucho tiempo por delante para aprender. Y para hacer.

El viaje finaliza en el sur, como no podía ser de otro modo, y mientras camino entre los conos y los campos de escoria volcánica que se extienden hasta el mar, llega hasta mis manos la foto de un perrillo abandonado. Algo dentro de mí se ha revuelto y no consigo sacármelo de la cabeza, como si hubiera estado destinado a suceder. Y decido que se quedará conmigo frente al Roque de Teneguía. Y decido, también, que se llamará Roque.

El tiempo pasa más despacio en Benahoare, el clima es más suave y las ideas fluyen mejor, como contagiadas de su calma e impulsadas por los incesantes alisios. Vuelvo con una libreta llena de notas, el cuerpo y el alma llenos de energía y un nuevo compañero de alegrías.


martes, 25 de abril de 2017

De las conversaciones robadas

(1)

Es una calurosa mañana de verano de mediados de julio. Para huir del sofocante calor de la capital, nos hemos escapado a unas piscinas naturales en la sierra. Por supuesto, no somos los únicos que han tenido la misma idea y la orilla del río está salpicada de toallas, neveras de playa y niños correteando. Tumbada bajo la sombra de unos árboles, intento dormir la digestión del bocadillo.

A unos metros a mi derecha se ha instalado un grupo de amigos de mediana edad con sus hijos. Llevan la casa a cuestas, mesas, sillas, radios portátiles y todo tipo de juguetes hinchables, y charlan animadamente. La conversación de dos mujeres llega hasta mis adormilados oídos…

— Y eso, que ahí andaba yo intentando darle la teta y el puñetero niño que nada, que no quería comer. Así que le dije, pues no te preocupes, majo, que si tú no la quieres, ¡seguro que ya se la come tu padre cuando llegue!

Las dos rompen a reír y, por supuesto, yo también, aunque mentalmente. Ha tenido todo el arte, sí señor.


(2)

Diciembre, hace un frío de tres pares; es uno de esos días en los que el invierno granaíno saca toda su mala follá y dice aquí estoy yo. Avanzo deprisa por la calle Molinos, con los hombros encogidos y la cara medio sepultada entre la bufanda y el gorro. A la altura de la plaza del Realejo sobrepaso un grupo de tres hombres. Dos de ellos, de aspecto elegante, visten abrigos de paño bajo los que entreveo sendos trajes de chaqueta, probablemente confeccionados a medida. Pelo engominado y sus complementos correspondientes: maletín, zapatos caros, toda la parafernalia. Junto a ellos, el tercero en discordia tiene un aspecto más campechano, vaqueros y chaquetón; su lenguaje corporal me incita a pensar que se siente un poco amilanado ante los dos ejecutivos.

— Entonces, tú puedes ayudarme a joder bien a una mujer, ¿no? — y los dos engominados se echan a reír.
— Pues, a decir verdad, es algo que no responde a mis principios éticos… — a pesar de su postura en cierto modo sumisa, el de los vaqueros me sorprende positivamente.

Menos mal que me ha dado tiempo de escuchar la respuesta del abogado antes de seguir calle abajo, porque incluso me he vuelto hacia ellos con un amago de insulto en los labios. Si todos tuviésemos tan claro que a menudo es precisamente la gentuza la que viste de traje…


(3)

Sábado por la mañana. Primavera. Estoy de visita en casa de mi abuela y hemos salido temprano a la calle: tenía ganas de invitarme a desayunar. Subimos caminando por la avenida de Granada hasta llegar a la calle Navas de Tolosa. Allí está la famosa cafetería Colón, en la que solíamos ir a merendar chocolate con churros cuando era pequeña. Sin embargo, esa mañana no quiero chocolate con churros, prefiero unas tostadas con aceite y tomate, y mi abuela, también. Mientras esperamos, oímos a las mujeres de la mesa de al lado.

— Camarero, disculpe. ¿No podría traernos una aceitera? ¡Con este paquetito no tenemos ni para empezar! — se refiere a las porciones de aceite individuales que han empezado a servir a raíz de la prohibición de utilizar aceiteras en los establecimientos hosteleros.
— Lo siento, señora, ahora se sirven así. Si quiere otro se lo puedo traer, pero tendrá que pagar un suplemento de diez céntimos.

Las señoras comienzan a quejarse, ahora sí, en serio, pero ya no puedo oírlas, pues mi abuela se ha unido a sus críticas y está contándome lo increíble que es que en un sitio como Jaén pretendan cobrarte más por ponerle aceite a las tostadas. Porque a quién se le ocurre que con ese cacharrito alguien pueda hacerse una tostada de aceite en condiciones. ¡En Jaén! Por supuesto, esto le ha traído a la mente varias anécdotas que, tras decidir buscar otro bar antes de llegar a pedir, me cuenta animadamente mientras me coge del brazo. El sol empieza a calentar y yo estoy encantada.


(4)

Vacaciones de Semana Santa. Como a tantos otros españoles se nos ha ocurrido viajar a Londres aprovechando las ofertas de Ryanair. Hoy toca Museo de Historia Natural y mi madre, mi hermano y yo recorremos sus salas como colegiales emocionados. Nos hemos pasado media mañana estudiando la historia de los homínidos y su evolución hasta el ser humano moderno, y la otra media, la evolución y extinción de los dinosaurios.

Después del bocata reglamentario a nuestro mediodía español (las tres de la tarde), entramos a la galería de las aves, una sección que, por motivos emocionales, me interesa especialmente. Hago algunas fotos e intento memorizar un par de datos curiosos que, a pesar de todo, ya he olvidado. Me detengo embelesada ante una vitrina llena de colibríes disecados. Probablemente haya más de un centenar. Están representados en pleno vuelo, suspendidos entre un atrezo de ramas, con su plumaje de brillantes colores y las alas desplegadas. En esas estoy, intentando contar a simple vista las especies que puedo distinguir (por sus colores y su forma, no se vayan ustedes a pensar, no soy ninguna experta en colibríes), cuando se acerca otro par de españoles. Una chica adolescente señala la vitrina, exclamando:

— ¡Fíjate en esto!

El hombre que la acompaña y que me atrevería a decir que es su padre, se para a su lado. Mira la vitrina con gesto analítico, lo piensa un poco y dictamina:

— ¡Pájaros!

Desde luego, a este señor no se le escapa una.


(5)

En esta ocasión estamos en otoño y, una vez más, camino apresurada por los pasillos de la estación de Atocha. Nada extraño, es una época en la que voy siempre con prisas y nunca tengo tiempo para nada. Salvo para trabajar. Una vez en el andén, me abro paso entre los cansados viajeros que esperan con hastío ese último tren del día que los llevará de regreso a casa. Calculo la altura apropiada y me preparo para ser una de las primeras en subir al vagón que ya se detiene en la vía. ¡He vuelto a acertar! Las puertas se abren ante mí y, mientras me aparto para dejar salir a una marea de gente (¿tantas personas van al centro un miércoles cualquiera a estas horas de la tarde?), llama mi atención la conversación de un par de extraños que se miran con afecto.

— Estás estupenda, mírate, estás estupenda. ¿Qué posibilidades había de cruzarnos?
— ¡Pero tú también estás genial! Estás igual que el día aquel que…

Y aquí acaba, sin duda, una de mis conversaciones robadas favoritas. ¿Que el día aquél, que qué? ¿Serán dos antiguos amantes que acaban de encontrarse por casualidad en la abarrotada ciudad de Madrid? ¿Qué pasó el día aquél que, por su sonrisa, recuerda con tanto cariño? ¿Se despedirán en la puerta de la estación o irán a tomar una cerveza para recordar viejos tiempos? Se me llega a pasar por la mente seguirlos… pero, finalmente, subo al tren y dejo volar mi imaginación hasta llegar a casa.


… qué puedo decir… soy una voyeurista conversacional…

viernes, 21 de abril de 2017

De las cosas sencillas

Una buena canción, una soleada mañana de viernes y un buen plan a la vista para este verano... ¡a veces no hace falta más para sentirse feliz!

Did I say?

miércoles, 5 de abril de 2017

De las ganas

Abrió la boca y una bandada de pájaros salió de ella, alejándose, muy alto, en el cielo.

«¡Con razón me dolía tanto la tripa!»

Eran sus ganas de libertad, pidiendo que les diera alas.

¡Suerte que las escuchó!

martes, 28 de marzo de 2017

Del Capítulo 7 de la I Parte

Annetje estaba en la cama, enferma. Tiritaba de frío y miedo. Había vuelto a vomitar junto a la cama, y el olor de la papilla que se resecaba en el suelo se unía al otro, el de putrefacción que inundaba la casa y la escalera, y que impedía a la niña sentirse mejor. Tras largo rato en la cama, entendió que estaba sola, ya que no escuchaba pasos de su madre en el desván. Se sentía un poco mejor, no sabía si es que la pestilencia había remitido un poco o era ella, que se había acostumbrado. De cualquier manera, se levantó y salió a la cocina en busca de algo que comer. Se sentía muy débil después de dos días sin probar bocado. La cocina estaba desierta, ni rastro de alimentos. Estaba a punto de echarse a llorar cuando escuchó pasos en la escalera del edificio: era el lechero que traía leche fresca. Su instinto de supervivencia se avivó cuando notó pasos en el desván; tenía que hacerse con esa botella antes que su madre, por lo que se dirigió a la puerta de la entrada y pegó la oreja para escuchar mejor al lechero. El inconfundible tintineo de las botellas de cristal chocando entre ellas ascendía por la escalera. Una pausa. La cesta descansando en el suelo y más tintineo de cristales, el hombre cambiaba la botella vacía de la vecina por una nueva. De nuevo, pasos ascendentes y la niña nerviosa al oír el sonido metálico de las llaves allá arriba, intentando abrir la puerta del desván. «¡Dese prisa, dese prisa! ¡Por favor, señor lechero!», rogó la chiquilla en silencio con las palmas de las manos unidas en un gesto de súplica. Por fin, los pasos se alejaron escaleras abajo a la par que el chirriar de los goznes de la puerta del piso de arriba delataba la presencia de madre en la casa. Annetje abrió la puerta y en ese momento, la mujer, al darse cuenta de lo que sucedía, comenzó a chillar.

—¡Ladrona, ladrona! ¡Esa leche es mía, pequeña arpía! ¡Ni se te ocurra llevártela porque lo pagarás caro!

Pero Annetje ya corría escaleras abajo con la botella agarrada firmemente entre sus bracitos. Corrió y corrió hasta que se vio a salvo, aunque su madre ni siquiera la había seguido fuera del portal. La niña miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en camisón y zuecos en medio del parque del Lago del Amor con una botella de leche en las manos. Se sintió muy desgraciada y empezó a llorar, sentada en la orilla. Tenía mucho frío y ni siquiera tenía fuerzas para desenroscar la tapa de la botella y beber un poco. Si no se movía, moriría congelada allí mismo, por lo que a duras penas se levantó y desanduvo el camino hacia casa, que le pareció eterno. Su cabecita no paraba de darle vueltas a lo que diría Madre cuando la viera aparecer, dudaba incluso que quisiera abrirle la puerta. Caminando por las calles de la ciudad, se dio cuenta de que la gente mayor la miraba con lástima, pero nadie se acercó a preguntarle si necesitaba algo. El mundo era en verdad un lugar tan frío y tan gris como el cielo que se recortaba sobre los tejados de las casas. La humedad de los canales le entumecía los huesos y para cuando llegó a su casa, la niña apenas se tenía en pie. Se cayó en medio de la escalera, las fuerzas le habían abandonado entre el primer y el segundo piso, y allí se quedó, echada contra la pared, los deditos rígidos y medio congelados.

Cuando despertó, no sabía dónde estaba. Las sábanas entre las que dormía no eran las suyas. Ese techo tampoco, pues estaba más descuidado aún si cabe que el que se alzaba sobre su cama. La cabeza le dolía mucho y, poco a poco, fue recordando lo que había sucedido. Se acordó de la leche y se incorporó de la cama nerviosa. Miró a su alrededor y no reconoció ninguno de los objetos que la rodeaban. Sin embargo, la atmósfera no le era del todo ajena; en el aire flotaba el mismo fétido olor que en su casa. Cuando estaba empezando a adivinar dónde se encontraba, entró en la habitación una anciana encogida de pelo blanco, que traía en sus manos un tazón de leche caliente con sopas de pan flotando en ella. Annetje la reconoció, a pesar de que sólo la había visto a través de la ranura de la puerta cuando se asomaba a la escalera para verlas a ella y a su madre subir o bajar. A esa señora le encantaba controlar cuándo entraban y salían, aunque nunca había entendido qué importancia podía eso tener para ella. Sin embargo, en ese momento, mientras sorbía la leche caliente que le recomponía su castigado cuerpecito, la niña creyó adivinar el motivo. La pobre estaba muy sola allí, sin hablar nunca con nadie. Sintió ternura por la anciana.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Annetje.
Geertje, niña. Pero come, come, ya hablaremos cuando te hayas saciado. La mujer se quedó allí, sentada junto a la niña en el borde de la cama, mirándola. Eso no incomodó a Annetje, muy al contrario; le gustaba que la mujer estuviera pendiente de ella.
Ya está, estaba muy bueno. Muchas gracias, señora.
Llámame Geertje, que señora es muy serio la anciana le guiñó un ojo, arrancando una sonrisa en los labios de la pequeña. Hablaron durante mucho rato. Geertje le explicó que había oído cómo se desmayaba en la escalera y había acudido a ayudarla. «Pobrecilla, estabas helada, cariño». Era una mujer de buen corazón, de eso Annetje se dio cuenta en seguida. No le recordaba a su abuela, a pesar de que tendría la misma edad. Esta era más frágil, más vieja y, pese al escaso contacto físico que habían tenido, era además y sin ningún tipo de duda, mucho más cariñosa.
No te pareces en nada a mi abuela, ¿sabes? dijo la pequeña, tras esta reflexión.
¿En serio? ¿Y eso es malo, mi niña?
Mmmm la chiquilla lo meditó un instante. No, yo creo que no. Es mejor.
Me alegro mucho la anciana sonreía con dulzura. Y ahora, dime, ¿sigues teniendo hambre?

Annetje no era consciente (aunque lo sospechaba) de la suerte que había tenido al ir a dar con Geertje. La buena mujer estaba muy sola desde que su hijo la dejó para luchar las guerras de los españoles. Era un joven rebelde y de espíritu bravo, y ella lo quería con locura. Tenía miedo de que cualquier día un comunicado oficial le confirmara lo que llevaba temiendo durante unos meses; no era normal que su hijo se retrasara tanto con el correo. Solía ser muy puntual. Así que pasaba el día en casa, sola, y esperaba, sentada en su sillón, que ocurriera algo. Por supuesto, se había enterado de lo sucedido en el piso de arriba, la trágica muerte de Pieter y el repentino cambio de humor de la señora Vermeer. En los tiempos que corrían, no era fácil ser viuda con una niña pequeña a cargo, pero de todos modos saltaba a la vista que nadie se había ocupado de la pobre Annetje durante días. Su madre estaba perdiendo el juicio, lo que daba mucho que hablar entre la gente de la ciudad. Además, estaba lo del olor… olía a muerte, sí, era eso a lo que olía, Geertje lo sabía muy bien, aunque no quiso decirle nada a la niña. Cada día era más fuerte, adhiriéndose a la sopa, a los muebles, al alma. La gente comenzaba a evitar pasar por esa calle, «la calle de las brujas». A ella también la llamaban así, esas pobres gentes incultas no sabían nada, pero les encantaba hablar de todo. Y esa niña de ojos grandes y claros se había quedado muy sola sin saberlo, pues una niña sin madre deja de ser una niña y no puede dar marcha atrás nunca más.
La anciana mujer reflexionaba seria, mientras tejía sentada en su sillón junto a la ventana, aprovechando las últimas horas de luz. Como todas las mujeres de la época, Geertje sabía tejer encajes muy bien. Era el principal producto que Brujas seguía produciendo y exportando; atrás habían quedado los años de abundancia y de esplendor económico como primera ciudad flamenca, en los que el comercio textil jugó un papel primordial. No obstante, para ella el encaje era una manera de salir adelante, un medio de sobrevivir a la decadencia económica. No podía permitirse muchos caprichos, pero tampoco le iba tan mal. Cuando hacía buen tiempo acudía con otras encajeras a la Walplein, donde se reunían y charlaban mientras realizaban sus labores. Dominaba el «punto de bruja», para el cual necesitaba entre unos 300 y 700 husos, y no quería morirse sin transmitir ese arte a alguna hija o nieta; lo adoraba.

La niña estuvo en la cama durante una semana, y durante todo ese tiempo, Geertje se estuvo ocupando de ella. Le daba friegas con agua fría cuando le subía la temperatura, infusiones para la fiebre y cuidó de que estuviera bien alimentada e hidratada. Para Annetje, por su parte, esos días fueron un buceo casi constante entre sueños nebulosos y vigilias inquietas. Apenas se enteraba de nada de lo que ocurría, no era consciente del espacio ni del tiempo, le parecía haber dormido apenas unas horas. Cuando despertó, al cabo de una semana, llamó a Geertje.

¡Geertje, Geertje! ¡Ya estoy bien! Voy a subir a casa, seguro que madre está preocupada, pues desde que me fui ayer con la leche no me ha visto.
¡Pobrecita mía! Llevas durmiendo muchos días, pero no te preocupes por tu madre, que ya subí yo a decirle que estabas aquí.
¿Sí? ¿Y ha venido a verme?
¿Sabes qué? —contestó la anciana, evitando la pregunta de la niña Será mejor que te levantes y vengas a la cocina a comer algo. ¡Debes de estar hambrienta!

Annetje se quedó pensativa, recordando. Y fue en ese momento cuando tomó conciencia de que ya no podría seguir contando con el cariño de Madre. Tampoco con el de Padre. Ni mucho menos con el de Abuela. Sentada en una silla de la cocina, empezó a llorar amargamente mientras la mujer intentaba consolarla.

Mi niña, no llores. Tu madre está triste y ahora mismo no es ella, eso es lo que le pasa. Ten paciencia, la pena es un mal muy grande y ni el más sabio de entre los sabios puede decir cuándo y cómo se curará, pues la cura la tiene ella misma, aunque no lo sabe. Sécate las lágrimas y come un poco.

Sirvió patatas y col cocidas en un tazón que puso delante de la niña, junto con una chuleta de cerdo. La pequeña miró a la mujer asombrada con los ojos enrojecidos del llanto; sabía que la carne era un lujo.

Tienes que reponer fuerzas para que no regrese la fiebre. Come, come. Yo me pondré un poco y te acompañaré.

Annetje no se hizo de rogar y comió con avidez. Eran sus primeros bocados sólidos en muchos días. Geertje la miraba con una sombra de preocupación en la cara. Sospechaba lo que ocurriría cuando la niña subiera a su casa y hablase con su madre. Temía que la rechazara, que la echara a la calle como a una rata. O peor, que la maltratara. Le había tomado cariño a la niña de ojos claros, en cierto modo estaba tan sola en el mundo como ella.

Te propongo una cosa, Annetje. Mira, ahora cuando termines de comer subes a casa para que tu madre vea que estás bien, ¿de acuerdo? Es tu casa y ella es tu madre, y es ahí donde tienes que estar los ojos de la niña se inundaron de lágrimas. No seas boba, escúchame bien: podrás venir a verme cuando quieras, vivimos muy cerquita ¿no es verdad? Annetje asintió. Claro que sí, no hay ningún problema, nos veremos mucho. Incluso puede que te enseñe a tejer encajes, ¿quieres?

Annetje asintió entre pucheros. Era consciente de que tenía que ir a su casa, aunque era lo último que le apetecía hacer. Se encontraba muy a gusto con Geertje, en cierto modo era como tener una abuela nueva. Tras hacerse la remolona un rato en la silla, balanceando las piernas y mirándose las manos, se puso en pie y se dirigió al dormitorio para vestirse, pero una vez allí se dio cuenta de que no tenía ropa, pues había llegado en camisón. Volvió a la cocina, donde la anciana mujer fregaba en un barreño los pocos platos que habían usado. Se quedó observándola y sintió que ya no temía subir arriba y enfrentarse a sus miedos, pues ahora tenía a alguien dispuesta a ayudarla. Se sintió más grande, más adulta, al darse cuenta de todo lo que la mujer había hecho por ella mientras había estado enferma. La mujer se volvió a la niña al notar su mirada en la espalda.

¿Necesitas algo más, pequeña?
Annetje se acercó despacio y abrazó con fuerza a la mujer, quería darte las gracias.

Y dicho esto, salió de la casa a toda prisa, e incluso sonreía. Subió el tramo de veinte escaleras (las contaba a menudo cuando iba y venía de la escuela) que la separaban de su madre con decisión y llamó a la puerta de su casa. Para su sorpresa, su madre no tardó en abrir. Abrió y la miró sin reconocerla. Su rostro expresaba impaciencia.

¿Trae usted la leche? preguntó Hace días que no la recibimos.
¿Madre? Annetje no entendía nada. El semblante de su cara cambió, pareció ensombrecerse de pronto, como si hubiera visto algo que no le gustaba en absoluto.
Vaya, eres tú. Dime qué quieres, pequeña ladrona. Desde el día que desapareciste no hemos vuelto a recibir ni una gota de leche, a saber qué le dijiste a ese pobre hombre para que tema volver por aquí.
Yo no le dije nada respondió Annetje muy seria, me llevé la leche porque tenía hambre.
Eres una desgraciada y una desagradecida. ¡Yo te di la vida, mocosa! Aunque eso no tenga ningún valor para ti.
Sí, ¡pero estaba enferma y usted no se ocupó de mí!
¡Maldita niña, ya eres mayorcita! Pasa dentro, entra frío de la calle y no quiero enfermar yo también. ¿Dónde has estado todo este tiempo, ¿eh? Pequeña zorra… ¡a saber lo que habrás hecho!
Annetje no le dijo a su madre que había estado en la casa de abajo, con la buena de Geertje, intuyó que era mejor callar y tener un lugar donde su madre no pudiera encontrarla.
¿Y por qué huele tan mal? ahora Annetje se rebeló, encontraba en su interior una fuerza desconocida al enfrentarse a esa mujer que un día la quiso tanto ¡Esconde tanta comida ahí arriba que se pudre antes de que se la pueda comer toda! ¡Y mientras, yo pasando hambre!
—¡No tienes ni idea de lo que dices! No entiendes nada, ¡métete en tus asuntos y no me molestes más! ¡Y ahora, vete! ¡Largo de mi vista, ya no eres mi hija!
¡Dígame por qué! ¿Qué pasa, madre? ¿Por qué está así?
Estúpida, tu padre ya no está y él era todo lo que me ataba a este mundo: sin tu padre, mi vida no tiene razón de ser, y sin él, tampoco tú significas nada para mí.


Esas palabras fueron demasiado para la niña, que se metió corriendo en el dormitorio cerrando la puerta tras de sí. Se metió en la cama sollozando. Mientras, en la cocina, su madre continuaba lanzando palabras de reproche contra ella. Al cabo de un rato, Annetje no sabría decir cuánto, los gritos cesaron y ella se quedó dormida. Tenía bien agarrado en su mano un manojo de menta que le había dado Geertje. Le había dicho que eso la ayudaría a dormirse cuando la pestilencia no la dejase conciliar el sueño. En efecto, ayudó y mucho. La niña consiguió evadir los problemas y soñó con un reino lejano, situado justo encima de la primera estrella de la noche, esa que tanto brilla, y donde ella reinaba. Soñó que la luna llena era su vecina, que cocinaba exquisitos platos para ella y que a su alrededor todo era fresco e intenso. No quería despertar, pero finalmente lo hizo. Fue un golpe seco lo que la devolvió de vuelta a la realidad. Venía de arriba, fue sólo un momento. Todo volvía a estar en calma.

Ya había anochecido y Anneje fue a la cocina. No tenía hambre, pero empezó a abrir cajones y puertas. No sabía bien lo que buscaba, pero seguro que lo encontraría, puesto que sería algo que marcaría la diferencia, ya se lo decía siempre padre. Encontró un carboncillo afilado que se guardó enseguida en el bolsillo de su delantal. Aunque no era lo que estaba buscando, era un hallazgo estupendo, con eso podría practicar su caligrafía. Al seguir registrando los muebles de la cocina, dio con algo que la dejó pensativa mucho rato. Eran cinco tinajas de cerámica anchas y alargadas que habían sido ocultadas con recelo en un doble fondo de uno de los muebles de la cocina, justo donde Madre guardaba las perolas. Se había dado cuenta del falso fondo al retirar uno de los utensilios. Una pesada tapadera metálica cayó al fondo con tal fortuna que entreabrió una grieta en las maderas del fondo, permitiéndole ver la cavidad de debajo. Allí estaban las cinco tinajas, con sus respectivas tapaderas completamente selladas. Estaban llenas, de eso estaba segura, pues pesaban mucho, y tenían una inscripción en su parte superior. Intentó leerla, «cedri succus», pero no supo, no reconocía las palabras. Decidió que tenía que investigar qué era aquello y por qué motivo había que esconderlo tan bien. Lo volvió a dejar todo donde estaba, no sin antes apuntar con su carboncillo aquellas dos extrañas palabras en un trozo de tela.