jueves, 6 de febrero de 2020

De los regalos


De esos momentos que nos regala la vida, cada día, y que a veces no sabemos apreciar. Como cuando, medio dormida, alargo el brazo y me topo con tu piel. O cuando busco tus pies con los míos, sabiéndolos a escasos centímetros, siempre dispuestos a devolverme las caricias. Moverme con los ojos cerrados al (habitualmente) lado vacío de la cama para fundirme en un abrazo contigo.

Una noche a tu lado está llena de regalos. Como el de tu olor en la almohada, tu mano agarrada a la mía o el sonido de tu respiración. La calma. Contigo duermo mejor y me cuesta menos trabajo despertarme. El motivo es evidente, pues las luces del alba obran entonces la mayor de las magias: ¿o acaso existe mejor regalo que abrir los ojos para mirarme en los tuyos?

viernes, 4 de octubre de 2019

Del otoño



Primero fue el invierno. Llegó sin avisar, cubriéndolo todo con su manto de nieve y de frío. Vino con dedos de hielo que estrangulaban el alma, soltando lo justo para dejarla respirar. Fue el invierno más largo, el de la soledad y la inseguridad escritas con letras mayúsculas. La época hostil, el despertar más cruel. Salir del espejo para descubrir, atónita, que nada era como ella creía. Ese oscuro invierno aprendió a construir muros y a lanzar dagas afiladas. Aprendió a hibernar, a dejar sentimientos en barbecho. Y también, a rebelarse. A protegerse.
Atrás quedó el invierno y llegó entonces la primavera. Un renacer de alegría y vitalidad. Una flamante sonrisa de estreno a la conquista de nuevas experiencias. Y aun así, joven e inexperta. Exuberante y efímera. Unos bonitos pies descalzos que ganan confianza a cada paso que dan, descubriendo un suelo cada vez más firme bajo ellos. Los días que se alargan y templan hasta que puede, por fin, alzar el vuelo y avanzar.
Se adentró así, sin sospecharlo, en un caluroso y asfixiante verano. La pilló desprevenida y con la guardia baja. Confiada esta vez. Sabiéndose más sabia y experta. Lo que empezase como unas vacaciones de ensueño se tornó, en poco tiempo, en una calma chicha, por momentos angustiosa, de la que no veía el modo de escapar. Hasta que recordó que no solo sabía volar y, zambulléndose en el agua, se alejó nadando.
Y a nado firme desembocó, por fin, en un hermoso otoño de tonos cálidos y mullidas alfombras de hojas secas. En un lugar donde detenerse y dejarse mecer por el viento. Un momento de calma. De plenitud. Un otoño que ensancha el espíritu y que, ojalá este sí, sea de hoja perenne.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

De los buenos días…


De esos que arrancan cuando suena el despertador y aún es de noche, pero ya empieza a clarear. Y empieza, también, a refrescar, aunque solo lo justo como para que apetezca acurrucarse bajo la colcha, sin que llegue a costar mucho trabajo salir de la cama. Esos días de principios de otoño en los que el viento trae hasta la ciudad el frío de las montañas y buscas en el armario alguna chaqueta que echarte sobre los brazos desnudos.
Esos días empiezan también con dos gatitos buscando mis manos sobre la cama, en la oscuridad del dormitorio. Con caricias adormiladas en sus cabezas peludas y sus pequeños cuerpos abriéndose paso sobre el mío, sin importarles dónde pisan. Junto al ronroneo incesante, bajo la cama se oyen ya los golpes contra el suelo de una cola canina que se alegra de oír que estoy despierta. No tardaré en notar el húmedo hocico asomándose al borde de la cama, él también buscando mis tan adoradas manos dispensadoras de caricias.
Los días así transcurren tranquilos, entre traducciones y apuntes, tras un agradable paseo por el bosquecillo de la Alhambra o los jardines del paseo de la Bomba. Con una breve siesta después de comer y mensajes de audio para las que están lejos. Al trabajo le sigue otro paseo, esta vez más largo y siempre acompañada de Roque, para continuar con unas risas y unas cervezas con tapa de sushi o unos bloques con los amigos, también coronados con una cerveza.
Así, los buenos días acaban igual que empiezan: conmigo acurrucada bajo una colcha blanca, flanqueada por dos gatos y custodiada por mi perro guardián, que vela mis sueños bajo la cama.

—¿Y qué hay de los días que te despiertas conmigo?
—Pero, cariño, yo hablaba de los buenos días. Esos días son los mejores.

jueves, 5 de septiembre de 2019

De la Leyenda de Bamako


Érase una vez, en la época en la que las noches eran oscuras e impenetrables como la boca de un lobo porque la luna aún no brillaba en el cielo, en la aldea de Kikamo vivía una niña llamada Bamako. Era muy hermosa y amable, quería mucho a sus padres y a su gente, que también la tenían en gran estima. Todos los habitantes de la aldea admiraban sus grandes ojos resplandecientes, que brillaban como el sol.

Un día, un grupo de soldados proveniente del norte atacó la aldea de Bamako y todas las de la región. Astutos, feroces y sanguinarios, estos soldados solo combatían al abrigo de la noche y se escondían durante el día. Los amigos de Bamako les plantaron cara con valentía, pero no sabían luchar en la oscuridad y tras incontables noches de combates, estaban a punto de perder la vida a manos de sus desalmados enemigos.

Una noche, el dios N’togini se apareció a Bamako y le dijo: «¡Bamako! Si quieres salvar a tu pueblo, escucha mi consejo: mi hijo Djambé, que vive en la cueva a orillas del río, está locamente enamorado de ti desde hace mucho tiempo. Si aceptas convertirte en su esposa, te llevará al cielo, donde brillarás cada noche. De este modo, tu pueblo ya no tendrá que combatir en la oscuridad, puesto que tú iluminarás sus noches. Gracias a ti, podrá vencer a sus enemigos.»

- «¿Qué debo hacer?», preguntó Bamako.

N’togini le explicó:

- «Esta noche, después de ponerse el sol, sube a la gran piedra que domina la cueva y lánzate al río. No tengas miedo, Djambé estará ahí para recibirte. Ten confianza y nada malo te pasará.»

Bamako, que era muy valiente, no dudó un solo instante y siguió las indicaciones del dios al pie de la letra. Saltó al vacío, Djambé la atrapó y la llevó al cielo, tal y como su padre le había prometido. Entonces, se produjo un milagro. ¡Cuando el sol se puso, el rostro resplandeciente de Bamako apareció en medio del cielo! El brillo de sus enormes ojos iluminaba la oscuridad de la noche.

Y por fin, esa noche los aldeanos consiguieron una clamorosa victoria, pudiendo dar caza a sus enemigos.

Desde entonces, el resplandeciente rostro de Bamako ilumina el cielo cada noche.




[Traducción libre del francés de La légende de Bamako, disponible en:
https://www.teteamodeler.com/boiteaoutils/expression/fiche61.asp]

martes, 20 de agosto de 2019

De los homenajes


Esta tarde paseaba con Roque cuando llamaron mi atención unas hierbas medio secas que crecían en un tejado. Esa visión me trasladó en el acto a una época y una ciudad distintas, a una tarde de otoño entre las callejas de un barrio de Madrid. Vallekas, Nueva Numancia, paseando perdida entre la avenida del Monte Igueldo y el parque Amos Acero, mi ávida mirada se esfuerza por encontrar la belleza entre los sucios edificios y las apresuradas gentes. Tengo una flamante cámara réflex que estoy estrenando y busco, tozuda, algo hermoso que inmortalizar. Como hoy, ese día me fijé también en unas briznas de hierba que brotaban del canalón de un tejado, aferrándose a la vida en ese entorno hostil. Fue una de las primeras fotografías que hice en modo semiautomático con mi nuevo juguete.

Desde esa tarde han pasado ya ocho años. ¡Ocho! La vida se nos escapa y a menudo no nos deja ni un instante para pensarlo. Para tomar consciencia del hecho y actuar. Pero, actuar, ¿cómo? Pues, haciendo que cada día cuente. Buscando la belleza en los callejones ruidosos, sucios y abarrotados de una gran ciudad. O después de las interminables horas tras la pantalla del ordenador. Llamando a una amiga con la que hace tiempo que no hablas o robándole horas al sueño para leerle unas páginas de un libro a esa persona que te hace soñar despierta. Sacudiéndote el cansancio y recorriendo cientos de kilómetros para estar con la familia o dándole un abrazo a un compañero para celebrar que ha encadenado su primer 6a+. Vamos a tener mucho tiempo para dormir, mucho tiempo para estar solos.

El lunes se cumplen también quince años desde que mi padre nos dejó. Esa fue la primera vez que se me rompió el corazón y fue, de lejos, la más dolorosa. Mentiría si digo que no me sentí completamente desamparada. Perdida. Desganada. Triste. Algo en mí cambió ese día para siempre, alterando mi escala de prioridades. Poniéndolo todo en perspectiva, relativizando los demás “problemas”. Cuando mi padre murió tenía 46 años y a medida que voy acercándome a esa cifra, no dejo de pensar que, si me tocase marcharme a su misma edad, apenas me quedarían once años en este mundo. ¿Y qué son once años? Nada. Un suspiro. Un pestañeo. Por eso, desde que decidiera cambiar las prisas de la capital por las aceras adoquinadas del Realejo, intento vivir rindiendo un homenaje constante a esta vida efímera. Haciendo todo lo que puedo por ser feliz y, a su vez, hacer felices a las personas que tengo la suerte de que me acompañen. Pues de todas las cosas que me enseñó mi amado padre, la lección más importante y dura que me transmitió fue que debemos vivir cada día como si fuese el último. Pues, de hecho, podría serlo. Porque un día te vas a la cama y podrías no despertar ya más. Por eso, todos los diecinueve de agosto, en especial, homenajeo a mi padre gozando la vida. Además, en esta sociedad en la que vivimos, disponer de nuestro tiempo como queremos, con el sencillo propósito de ser más felices, sin producir ni consumir nada, es uno de los mayores actos de rebeldía que podemos cometer.





sábado, 1 de junio de 2019

De los despertares...

Con pelos de loca
y la sonrisa boba
me gusta despertarme

Con ojeras gozosas
y manos ansiosas
por tocarte
entre sábanas revueltas
con tu lengua entre mis piernas
aún borracha de tus besos
con resaca de tu cuerpo
con tu alma entre los labios
mi corazón, en tus manos

Me gusta despertarme
con el corazón lleno
y la mente rebelde
y todas las puertas cerradas
para que no te vayas
para que no me dejes

            💜

domingo, 19 de mayo de 2019

De las esencias


A veces te dicen algo que cambia por completo tu percepción de una cosa. Como que el comino huele a sobaco. Se produce una especie de efecto revelación que hace que, a partir de ese punto de inflexión, no puedas seguir viéndola como antes. Desde ese momento no puedes oler el comino sin percibir un desagradable olor a sudor rancio.
A él le pasó eso mismo. El comino seguía siendo la misma especia exótica que antes aderezara sus platos, dándole ese toque especial al hummus que tanto le gustaba. El comino no había cambiado, pero desde que le dijeron que olía a sobaco, no pudo volver a probarlo.