domingo, 19 de mayo de 2019

De las esencias


A veces te dicen algo que cambia por completo tu percepción de una cosa. Como que el comino huele a sobaco. Se produce una especie de efecto revelación que hace que, a partir de ese punto de inflexión, no puedas seguir viéndola como antes. Desde ese momento no puedes oler el comino sin percibir un desagradable olor a sudor rancio.
A él le pasó eso mismo. El comino seguía siendo la misma especia exótica que antes aderezara sus platos, dándole ese toque especial al hummus que tanto le gustaba. El comino no había cambiado, pero desde que le dijeron que olía a sobaco, no pudo volver a probarlo.

viernes, 10 de mayo de 2019

De las olas

Mi persona favorita vive encaramada
entre la roca y el cielo
como mis pensamientos,
cuando subo montañas.
Sus ojos guardan océanos en calma
y desatan tempestades cuando me miran
y huracanes en mi pelo
y en mi cuerpo,
cuando me toca
con sus manos.

Mi persona favorita es pequeña y delgada
como un pajarillo
y si lo piensas bien, tiene sentido
pues los de mi cabeza gustan volar a su lado a menudo.
Tiene las manos pequeñas y la nariz grande
y bonita,
y las tres conocen los recodos
donde se esconden mis cosquillas.

Mi persona favorita me llama María
y su voz suena dulce, como un poema
y sus silencios llenan la estancia como la luz de la luna
llena, una noche de verano.

Mi persona favorita es un caudal manso y profundo
yo, ráfagas dispersas
y cuando estamos juntos, la ola izquierda de Mundaka
parece una simple aficionada.

miércoles, 1 de mayo de 2019

De los incendios

Conozco una casa en la sierra que ardió desde los cimientos hasta treinta veces en un fin de semana. Y tras cada incendio volvió a alzarse aún más firme y hermosa si cabe.

Tal vez sea porque tiene vistas directas a un pantano y su mera contemplación apacigua el alma y templa el espíritu.

miércoles, 17 de abril de 2019

De las precauciones


«Ten cuidado, que te vas a volver a enamorar…»

¡Que tenga cuidado, dicen!

No saben que me asusta más la idea de pasar el resto de mi vida sin amar, que todos los posibles futuros desengaños que pueda llegar a sufrir.

Yo soy de las que viven. Intensamente. Soy de las que aman. Inevitablemente.


jueves, 14 de marzo de 2019

De los puntos y aparte


Digan lo que digan, no es fácil cambiar de párrafo. Empiezo siempre a escribir con muchas ganas, entregada. Dispuesta a todo, afronto la página en blanco con la cabeza llena de ideas, entusiasmada, pensando en las hermosas palabras que se irán desgranando de la pluma. Se diría que soy una fuente inagotable de creatividad. Una nueva historia por delante: ¡Ah! ¡Qué sensación tan maravillosa! Me tiene todo el día ocupada, con una sonrisa boba en la cara, los ojos brillantes y la mente bulliciosa, ella siempre un paso por delante. Y entonces, en un momento dado, las palabras ya no fluyen como antes. El motivo no es evidente, la historia parece que se me atraganta y yo, que soy de naturaleza optimista, decido dejar la mente y la pluma reposar. Sin embargo, ya ha empezado. Y poco a poco, cada vez que intento retomar la escritura, las ideas se retuercen y se entrelazan, confusas, opacas, y el estilo se complica, sin conseguir construir ese puente entre el papel y el lector ni transmitir todo lo que veo, siento, pienso, deseo, anhelo. Atrás quedó la ligereza inicial, las frases son ahora cada vez más complejas y lo que antes sonase fresco y sencillo se ha convertido en interminables subordinadas que derivan, a su vez, en sub-subordinadas que exasperan y confunden, en mis intentos desesperados por hacerme entender, por explicarme, cuando no consigo sino arañar la superficie del papel y solo me falta gritar, hasta dejarme prácticamente agotada, sin aliento. Y entonces, tras muchas noches sin dormir, recupero la lucidez. Mi mente se despeja; está clarísimo. Solo hace falta poner un punto y aparte.
Y abordar nuevas ideas.

miércoles, 13 de febrero de 2019

De las palabras


A medida que avanzamos en la edad adulta nos va costando cada vez más decir las cosas. Empieza con pequeños detalles que obedecen a las normas de convivencia de nuestra hipócrita sociedad. Mentiras piadosas que decimos y aceptamos para sobrevivir; decir siempre todo lo que a uno se le pasa por la cabeza no sería prudente ni necesario.

Sin embargo, esta manía nuestra de no decir las cosas se va extendiendo a otros ámbitos que van mucho más allá del verbalizar lo mucho que ha engordado últimamente fulanito o lo cansada (¿o triste?) que parece fulanita desde hace unos meses. Y así, poco a poco, dejamos de decir cosas importantes que afectan a nuestras relaciones, a nuestro estado de ánimo, a nuestra vida. Sobre todo cuando se trata de hablar de nuestros sentimientos. Ya sea por nuestras amistades o por nuestra pareja. Nos tragamos las palabras, nos engañamos pensando que ya no es necesario hablarlo o posponemos el momento de decirlas, tratando de encontrar la ocasión idónea. Hasta que se nos olvidan… y ahí es donde está la trampa, porque nunca se olvidan. Las palabras envenenadas sedimentan y se amontonan unas sobre otras, generando un pesado poso negro que cargamos en las entrañas como una losa; en muchas ocasiones, sin ser siquiera conscientes de ello. Y nos enfada y nos frustra. Nos irrita. Pero seguimos adelante pensando que el motivo es otro, para no afrontarlo; siempre, para no hablar. Es primavera, hace buen tiempo y las vacaciones de verano se encuentran a la vuelta de la esquina, ¿por qué no hablar mejor de eso?

Un día de estos voy a vomitar todo lo que llevo dentro y voy a seguir adelante, liviana y tranquila. Desintoxicada.

martes, 1 de agosto de 2017

De Benahoare

Mi amigo Antonio le dice con frecuencia a su pareja: “Bésame, que se nos escapa la vida”. Y dejando a un lado la ternura de la situación, que siempre me hace sonreír, lo cierto es que lo que dice no es ninguna tontería.

En estos dos últimos meses, no es que no haya escrito; sí que lo he hecho, y mucho. Pero he escrito para mí, he plasmado mis reflexiones en el papel, a la antigua usanza, con un bolígrafo, en alguna de mis muchas de libretas. Y he visto cómo el tiempo se escurría entre mis dedos, deprisa, tal y como pasa el tiempo cuando se disfruta. Últimamente he adquirido una conciencia casi física de lo efímeros que resultan los momentos buenos; y los malos, por ende. Aunque se perciban de modo diferente. Curiosamente, esta nueva conciencia me permite ser menos ansiosa ante la espera (por ejemplo, de un viaje), saborear mejor los momentos dulces y relativizar los días grises.

Estos meses han sido unos meses intensos, con varios viajes que han concluido con mi reciente visita a Benahoare, como llamaban los aborígenes a la isla de La Palma; la Isla Bonita. Ha sido mi primer viaje en solitario y una experiencia que aguardaba con ilusión desde que empecé a planificarla en primavera. Curiosamente, y a pesar de que sin ninguna duda han sido cinco días magníficos, allí el tiempo no pasaba tan aprisa. Parecía suspendido entre el cielo y el océano, a medio camino entre el mar de nubes que se acumulaba en las cumbres de la Caldera de Taburiente y las costas pedregosas de la isla. Y experimenté la calma. El deambular sin seguir una ruta programada, improvisando, contemplando. He tenido tiempo para todo, menos para aburrirme. Se me da bien estar conmigo misma. Siempre me ha gustado tener una pequeña dosis diaria de soledad y aunque desde hace un tiempo esa dosis dista mucho de ser pequeña, la sigo disfrutando igual. Recuerdo que la última vez que visité a mi abuela, esta me dijo, como quien confiesa algo malo, que disfrutaba mucho estando sola: “Yo me siento en mi salita, con mi costura, un libro o la tele, y a menudo pienso que poca gente habrá en el mundo que esté tan a gusto como me encuentro yo en este momento.” Hay que saber estar a solas con uno mismo; creo que sobra explicar por qué la adoro tanto. 

Al contrario de lo que algunos pensarán, en este viaje no he llegado a ningún conocimiento profundo de mi ser, ni he tenido ninguna revelación trascendental. He reflexionado, claro que sí, y he escrito, mucho más que en los últimos meses, pero sobre todo he estado allí, presente en esos momentos y en esos lugares, aprehendiéndolo todo con los ojos, las manos, el alma. Y aprendiendo. Y deseando saber más. ¿Qué son estos árboles? ¿Por qué son distintos a un lado y otro de la isla? ¿Cómo se llamará este pajarillo que me acompaña durante mi ruta? Ya lo he visto en otros rincones… ¿Cuál es el nombre de todas estas especies de cactus? ¿A qué se dedican los distintos telescopios del Roque de los Muchachos? ¿Cómo puede ser que no consiga encontrar a Casiopea? Claro que estamos más al sur, pero… Miro ahora la naturaleza como quien se asoma por la ventana a un fascinante mundo que, si bien puede ver, apenas llega a tocar, a entender. Y vuelvo a ser consciente de lo mucho que no sé, y eso me hace sentir pequeña. Y esa sensación me reconforta, pues en mi insignificancia, estoy donde debo estar. Y desde ella puedo seguir avanzando segura, y ahora reconozco al lagarto papazul, al cernícalo o al pinzón canario. Y los tiles y los pinos canarios, y sé que la isla por la que camino fue la penúltima del archipiélago en surgir del mar y que las tierras del sur apenas tienen trescientos años, pues son resultado de la erupción del volcán de San Antonio en el siglo XVII. Y que el telescopio que visité se llama William Herschel en honor al astrónomo que descubrió Urano, ya bien cumplidos los cuarenta y tras iniciarse en la disciplina a los treinta y cinco. Ya ves… después de todo, aún tengo mucho tiempo por delante para aprender. Y para hacer.

El viaje finaliza en el sur, como no podía ser de otro modo, y mientras camino entre los conos y los campos de escoria volcánica que se extienden hasta el mar, llega hasta mis manos la foto de un perrillo abandonado. Algo dentro de mí se ha revuelto y no consigo sacármelo de la cabeza, como si hubiera estado destinado a suceder. Y decido que se quedará conmigo frente al Roque de Teneguía. Y decido, también, que se llamará Roque.

El tiempo pasa más despacio en Benahoare, el clima es más suave y las ideas fluyen mejor, como contagiadas de su calma e impulsadas por los incesantes alisios. Vuelvo con una libreta llena de notas, el cuerpo y el alma llenos de energía y un nuevo compañero de alegrías.