viernes, 20 de enero de 2017

Del Capítulo 5 de la I Parte

Annetje estaba cansada de esperar. Abuela no llegaba y estaba empezando a oscurecer. Se le ocurrió que quizá estaría en casa, con Madre, y que ella estaba esperando en el lugar equivocado, pero justo cuando se ponía en pie para irse, vio a la anciana caminando calle abajo hacia ella. ¡Por fin! Se alegró mucho de verla, llevaba todo el día sola, algo a lo que no estaba muy acostumbrada. Además, tenía hambre y seguía mojada. Seguro que Abuela la arroparía en una toalla calentita y la dejaría dormir esa noche con ella. Sin embargo, cuando la señora llegó hasta el portal intentó abrir la puerta sin mirar siquiera a la chiquilla que temblaba a sus pies. Con un ademán la empujó a un lado para hacerse paso y poder entrar a la casa. La niña no daba crédito, no sabía qué podía pasarle a su abuelita. Quizá no se había dado cuenta de que era ella y la había confundido con una de esas niñas que mendigaban restos de pan duro por las casas.

- ¡Abuela! ¡Abuela, soy yo, Annetje! Estaba esperándote, Madre no está en casa y no hay nada de comer allí. Pensé que estaría con usted y por eso las estuve esperando aquí toda la mañana. Tengo frío, Abuela -la pequeña ahogó un sollozo al ver los ojos fríos y distantes con los que aquella señora a la miraba.
- ¡No me llames así, niña! -respondió ésta con tono duro- Ya no eres nada mío, puesto que aquello que nos unía ahora está muerto. Puedes pasar ahora y secarte, quizá quede en la alacena algo de pan de ayer, pero no esperes tomar nada caliente en mi casa. Ya no. Y no pienses que pueda estar con tu madre, esa bruja que no siente respeto por los muertos ni por nada. Supongo que ya lo sabrás, han profanado la tumba de Pieter, mi hijo amado, y estoy segura de que esa malnacida tiene mucho que ver. Siempre ha sido una mujer muy rara. Yo no tengo nada que ver con brujas, y mucho menos con hijas de brujas, aprendices de las artes negras e innombrables. Pero hoy tendré compasión de ti; después de todo, la compasión es una virtud cristiana. Pasa, niña.

La chiquilla no entendió muy bien todo lo que la mujer había dicho. Sin embargo, lo más importante le había quedado bien clarito: a partir de ese momento, Annetje dejó de tener abuela. No hubo más flores en la mesa de la cocina ni más sopa de pescado y no volvió a probar las deliciosas galletas caseras de su abuelita, porque ya nada las unía. Ya dentro de la casa se secó con un paño frío y áspero que la mujer le dejó y comió un trozo de pan duro, sentada en un incómodo taburete en una esquina de la cocina, mientras su antigua abuela preparaba una suculenta sopa de col. Olía muy bien, así que la pequeña cerró sus preciosos ojos para imaginar que los bocados de pan eran en realidad cucharadas calientes de la riquísima sopa.

Le resultaba sorprendente cómo unas palabras poco amables podían acabar de un plumazo con un amor de toda la vida, cómo podían convertir en una extraña a una de las personas más cercanas para ella. Había perdido mucho en pocas horas, pero, a pesar de eso, Annetje no derramó ni una sola lágrima en el tiempo que estuvo esa última tarde en casa de su abuela, comiendo pan. Apenas hubo terminado de comer, la abuela, aquella mujer hostil, la echó de su casa, no sin antes recordarle que no volviera por allí, ya que no le abriría la puerta. «Lo mismo te digo también con respecto a la bruja de tu madre». Así que la niña de los ojos grandes se alejó calle arriba en busca de su casa, mirando triste al suelo; llorando, ahora sí. Pasó junto a Sant-Jans Nepomucenus, al que no dedicó ni siquiera una mirada de reproche, siguió caminando triste, sin pensar, deseando acostarse en su camita, bajo las cálidas mantas. Aquel día, la ciudad de Brujas se convirtió para ella en un lugar sombrío y extraño. Le parecía que su lugar entre aquellas casas había desaparecido, haciéndola sentir ajena, una extranjera en su propio hogar, entre su propia gente.

Llegó a casa tarde, ya era de noche, pero, por una vez, la pequeña no pensó en los duendes del desván. Ese día, eso no le preocupaba en absoluto. Llamó a la puerta y, por un momento, temió que Madre no estuviera y no saliera a abrirle. Por suerte, eso no ocurrió. Madre abrió la puerta y la miró como quien mira a un desconocido. Después de un momento, reaccionó.

- ¡Ah! Eres tú. ¿Dónde estabas? Te he estado esperando para comer. Supongo que ya habrás comido algo, ¿no? -mientras hablaba, la mujer se había adentrado en la casa y subía las escaleras al desván-. Mira hija, tengo mucho que hacer, sírvete sopa, que tendrás hambre. ¿Dónde has estado todo el día? Sí, seguro que comiste algo por ahí. ¡La sopa se va a enfriar! Seguro que ya estará fría. Come algo, hija, estás muy delgada…

El diálogo de Margrietje no tenía mucho sentido, eran palabras arrojadas al aire tal y como se iban agolpando en su confusa mente. Annetje quería hablar con ella, contarle lo que Abuela le había dicho y preguntarle por qué ahora la llamaba bruja y no quería que la visitaran más. Pero su madre no le dio opción; con la última frase cerraba ya la puerta del desván y la niña oyó cómo cerraba con llave desde el interior, impidiendo así cualquier posible intento por su parte de acceder a ella. Se sentía muy confusa, pero le apetecía algo caliente, por lo que se dirigió a la cocina y se sirvió un tazón de sopa. Después de comer se sintió un poco mejor. Hacía rato que había dejado de llorar. Limpió su tazón y fue al dormitorio a ponerse el camisón. Su vestido ya estaba seco, pero el frío de ese día se había instalado cerquita de su corazón y la había calado hasta el tuétano de los huesos. Pasó frío el resto de su vida, sin que mantas ni abrigos lo pudieran aliviar.

Con el último rayo de lucidez que precede al sueño más profundo, Annetje notó, inquieta, que algo no iba bien. Algo había cambiado en su casa, había algo diferente. Su corazón latía apresuradamente y un sudor frío le empapaba la frente. No tenía fiebre, lo que le provocaba aquella reacción en su cuerpo era miedo. La chica se incorporó en la cama. Madre no estaba acostada y, sin embargo, no era eso lo que la hacía temblar. Encendió un cabo de vela que reposaba en la mesita de noche, junto a la Biblia de Madre. Antes siempre le leía algún fragmento antes de dormir para que los angelitos la guiasen en el mundo de los sueños y la ayudaran a esquivar las pesadillas. La luz tenue de la vela le descubrió un cuarto tenebroso. Las formas cambiaban con la luz, la ondulación de la llama hacía aparecer y desaparecer sombras amenazantes en los rincones, tras el armario, bajo la cama. Intentó pensar; no era la luz de la vela lo que le daba miedo, tampoco el armario lleno de duendes. Estaba allí, igual que las demás noches de su vida. No era la sensación de estar durmiendo sola en la casa vieja y quejumbrosa, con sus vigas chirriantes y el viento silbando allá fuera. Tampoco era el sonido de las gotas de lluvia golpeando contra la ventana, como si alguien llamase desde fuera, intentando convencerla para que abriera. No era nada de eso. Poco a poco se fue tranquilizando, pero cuando se dispuso a cerrar los ojos y apagar la vela, la evidencia de lo que estaba sucediendo la golpeó con fuerza en la cara. ¡Era el olor! Ese olor profundo y dulzón que estaba en todas partes y parecía no tener una procedencia concreta. Ese olor que había sentido al entrar, pero al que hasta el momento no había querido hacer caso. Ese olor a tierra húmeda y a carne podrida que se metía en la nariz y allí se quedaba, junto al frío crónico que, terco, se negaba a abandonarla. Por más que se tapó el rostro con las mantas no consiguió que ese horrible hedor se despegara de sus fosas nasales. ¿Qué sería aquello? Finalmente, se durmió. Estaba agotada.

A la mañana siguiente despertó temprano, sintiéndose enferma. El olor parecía haber remitido un poco, pero seguía allí, flotando en el aire. Llamó a su madre, que acudió a ver qué sucedía. Al ver a la niña ardiendo de fiebre le trajo un vaso de agua, le preparó una infusión y le colocó sobre la frente un paño húmedo y frío. Annetje se sintió mucho mejor porque su madre no estaba rara, como el día anterior. «Seguro que también fue a ver a la abuela y estaba confusa, como me pasó a mí». Se quedó en la cama todo el día, y todo el día estuvo Margrietje pendiente de la niña, cambiándole el paño de la frente y llevándole de beber para que no se deshidratara. Durmió mucho y descansó. No pensó en nada e incluso tuvo bellos sueños. Por unas horas olvidó todo lo que había sucedido durante el último día y medio. A última hora de la tarde se levantó. Se había despertado de una larga siesta que se había alargado desde el mediodía. Había sudado la fiebre y ahora se encontraba mejor, aunque las sábanas de su cama estaban empapadas. Fue a la cocina a buscar a su madre para pedirle ropa de cama limpia, pero no estaba allí. El hogar estaba encendido y la habitación estaba caldeada. Sobre la lumbre, un perol lleno de col y calabaza. Se sirvió un tazón, pues ahora que se encontraba mejor le había dado hambre. Se sentó a la mesa, en su taburete alto de niña. El mantel de cuadros estaba puesto, observó complacida. Las cosas eran casi como antes del accidente de padre. Comió tranquila y sin prisas, mojando sopas de pan en el caldo, balanceando las piernecitas, que no alcanzaban el suelo. En esas estaba cuando oyó un ruido que provenía del desván. Se asustó, nunca había oído a los duendes haciendo tanto ruido, y mucho menos de día. El sol todavía no se había ocultado del todo en el horizonte. La puerta de arriba se abrió, oyó claramente cómo la llave giraba en la cerradura lentamente, casi con sigilo. Luego, el chirriar de las bisagras oxidadas y el golpe de la puerta al cerrarse. De nuevo, la llave en la cerradura. Clac, clac. Pasos en la escalera, bajaban despacio, intentando no hacer ruido. La niña se ocultó bajo la mesa, pero olvidó el tazón y el pan sobre la mesa. Apartando un poco el mantel pudo ver las piernas de su madre acercarse a la mesa maldiciendo. «¡Maldita niña, se ha comido todo lo que tenía apartado! ¿Es que todo lo que le he llevado a lo largo del día no le parece suficiente? Tendré que empezar a tener más cuidado, la sopa es un bocado jugoso y esta pequeña tragona aprovecha cualquier ocasión para hacerla desaparecer. ¡Hasta el pan se ha comido!». Annetje estaba totalmente confusa. ¿Para quién era entonces la sopa, si no para ella? ¿Por qué su madre hablaba de esa manera sobre ella? No sabía lo que estaba pasando, pero su instinto le dijo que no saliera de su escondite. Oyó como Margrietje trasteaba en la cocina, ruido de platos, de sopa servida, de pasos alejándose escalera arriba.

La pequeña no podía entender por qué su madre había decidido alejarse de todo, encerrada bajo llave en el polvoriento desván de la vivienda. Salió de debajo de la mesa y descubrió lo que estaba temiendo: su tazón a medio terminar y su pedazo de pan habían desaparecido, así como el perol lleno de sopa. ¡Y ella que había dejado los deliciosos trozos de calabaza para el final! Ahora no podría comerlos. Estaba furiosa, en todo el día sólo había tomado infusión de hierbas para la fiebre y agua fresca. Y encima no podría terminar de comer lo que había empezado con tanta ansiedad. Se metió en el dormitorio, no sabía qué hacer. Había decidido, ya antes de pensarlo siquiera, que no subiría al desván a llamar a madre. Estaba claro que si se encerraba allí era porque no quería verla. ¡Pero ella seguía enferma! Aún no había remitido la fiebre y comenzaba a tener frío. Comprobó, aliviada, que el sudor de sus sábanas se había secado, así que al menos podría dormir a gusto. Volvió a la cocina, se oían ruidos en el desván. Tomó el frasco de hierbas y se preparó una infusión. No le gustaba nada su sabor, pero, aunque era pequeña, sabía que era lo mejor para curar su fiebre. La tomó calentita, sentada en la cama a la luz de la vela, mientras observaba con la mente en blanco las formas caprichosas con las que la tenue luz titilante transformaba los objetos de la habitación. Ya no tenía hambre, pero se sentía sola, sola en esa pequeña casa, a pesar de no estarlo. Cuando apagó la vela y apoyó la cabeza sobre la almohada se dio cuenta de que tenía las mejillas mojadas. Llevaba un buen rato llorando.

Apenas entraba luz por la ventana cuando despertó al día siguiente y pudo comprobar con satisfacción que se encontraba recuperada del todo. Decidió ir a la parroquia. Se abrigó bien, con gorro de lana, bufanda, guantes y su abrigo rojo de invierno; no quería ponerse mala de nuevo. Los problemas vinieron al intentar peinarse; ella sola no era capaz de trenzarse el pelo, así que al final se hizo dos coletas, una a cada lado de la cabeza y a diferentes alturas. No comió nada, pues no encontró nada. El lechero ya había dejado la leche en la puerta y alguien se había encargado de quitarla de allí. Si había sido madre, desde luego no la había puesto a calentar como cada mañana para preparar el desayuno, ni tampoco la había guardado en la alacena. Se tomó dos vasos de agua que le dieron más hambre incluso de la que ya tenía y salió a la calle sin preguntarse dónde estaría madre, pues estaba segura de que se encerraba arriba con la comida, aunque no tenía ni idea de dónde le venía a su madre esa repentina ansia por devorarlo todo. Una vez en la calle, Annetje anduvo con rapidez el corto camino a la parroquia, pues el reloj de la Belfry ya había tocado las ocho de la mañana y el cura no permitía retrasos. Llegó justo cuando entraban los últimos niños. El cura la miró sin decir nada, estaba al tanto de lo sucedido en su familia, así que no la recriminó por haber faltado varios días seguidos. Repartió las Biblias entre los niños, una para cada dos, y comenzó la lección. Annetje todavía no era buena lectora y siguió a duras penas la clase. En varias ocasiones pidió al niño que se sentaba a su lado que le echase una mano, pero éste la ignoraba. Finalmente, se volvió hacia ella y le dijo:

- Lo siento, no puedo hablar contigo. Mi madre no me deja hablar con una bruja. Deberías sentarte junto a otro niño.

Y, acto seguido, se levantó y se cambió de banco. Annetje se quedó sola mirando el libro, sin entender lo que había pasado. Abuela también la había llamado bruja. Tendría que preguntarle a Madre lo que estaba ocurriendo. A lo largo del día, ninguno de los niños quiso sentarse a su lado ni jugar con ella durante el descanso del mediodía. Ni siquiera sus amigas, con las que tantas veces había ido a explorar la ciudad. Tampoco quisieron darle un pedazo de su almuerzo cuando les explicó que su madre estaba enferma y no había podido prepararle nada. «Tu madre no está enferma, tu madre es una bruja, ¡y tú también!». La niña estaba cada vez más desorientada, no podía entender lo que ocurría a su alrededor. De repente, era como si todos a quienes conocía hubiesen perdido el juicio.

Estaba deseando llegar a casa y sentirse segura, lejos de las miradas hostiles de los niños y el cura. ¿Qué diantres les pasaría a todos? Por fin llegó a su calle y, un momento después, ya estaba ante su portal. Subió corriendo las escaleras, deseosa de contarle a su madre lo que le había pasado. Llamó impaciente a la puerta, pero nadie salió a abrirle. Llamó y llamó, angustiada. Tenía un nudo en la garganta, no quería quedarse en aquel rellano a pasar la noche. Volvió a notar el olor a podrido que se deslizaba bajo la puerta buscando la calle, escaleras abajo. Ya no podía más y su frustración y su rabia se manifestaron en llantos, gritos y fuertes golpes en la puerta. Vio como la vecina de abajo, una anciana que malvivía pobremente de la artesanía del encaje entreabría la puerta para mirar con curiosidad la escena que acontecía en el piso de arriba. Pero a la niña no le importó y siguió gritando para que su madre le abriera. Al final, Margrietje bajó a abrir, enfadada. La miró con ira y desaprobación y le ordenó que cerrase la boca o no entraría nunca más a aquella casa.

- ¿Quién te crees que eres para llegar avasallando de esa manera? ¿Te parece bonito crear semejante espectáculo? ¿Qué reputación crees que nos da esta actitud? No tienes derecho a llamar así a mi casa, ¿has entendido? Métete en la cama porque hoy no habrá cena para ti.


Dicho esto, la mujer subió las escaleras del desván y se encerró allí como cada día desde que sucediera lo de padre. Annetje seguía llorando, pero ahora el llanto se había convertido más en un sollozo. Sentía los ojos hinchados y rojos y le dolía el estómago. Cuando escuchó la llave cerrando la puerta del desván agarró la vela del dormitorio y se adentró en la cocina en busca de algo que se pudiese comer. Había registrado todos los lugares posibles de la cocina y sólo había encontrado un poco de harina en un tarro de cerámica. No había nada que hacer, así que bebió mucha agua para llenarse el estómago, que le dolía mucho. De ese modo nunca se iba a poner buena del todo. Y además, estaba el olor, que hoy era mucho más intenso que ayer. No sabía de dónde provenía ni por qué había aparecido en ese momento en el que todo andaba mal, pero no conseguía dejar de pensar en él. Parecía que todos los elementos de su reducido mundo se hubiesen aliado en su contra. Hasta el olor de la cocina a sopas y especias que tanto le gustaba se había transformado en esos días en un fétido hedor a podredumbre y tierra quemada, a tinieblas y a soledad. Nunca antes se había sentido tan sola y tan miserable. Le vino una arcada y corrió a la habitación en busca del orinal. Vomitó sin vomitar nada, su vacío estómago no tenía nada que expulsar. Esa noche durmió mal, tuvo pesadillas con niños que le arrojaban piedras mientras cantaban a coro: «¡Bruja, de bruja naciste y bruja morirás!». Soñó que tenía hambre y que todos los alimentos que encontraba estaban podridos y despedían ese asqueroso olor que se había instalado en su casa. Al día siguiente, despertó empapada en un sudor febril.

domingo, 15 de enero de 2017

Del año de 2.º de bachillerato

Hoy es uno de los días más felices de mi vida y, sin embargo, en lugar de vivir este momento como siempre había imaginado que lo haría, aquí estoy, sin poder sacarme de la cabeza el curso del año 99/2001...

No puede ser casualidad que, justo entrando al paritorio, nos hayamos cruzado con ella (¡hacía años que no la veía!), saliendo de dar a luz, con su criaturita en brazos. Me he sentido como el protagonista de una de esas películas sobre el efecto mariposa. ¡Zas! Un montón de imágenes han inundado mi cabeza como un bofetón de irrealidad que, sin embargo, me sigue pareciendo confusamente real. Ese niño que acaba de tener, ¿podría haber sido el mío? No puedo evitar sentirme culpable al pensar estas cosas mientras mi compañera descansa, exhausta, después del largo parto. Ha sido muy duro, pero lo ha hecho muy bien. Estoy muy orgulloso de ella; adoro a mi chica.

Y sin embargo, ¿te das cuenta? ¡También yo he tenido un niño! Podría haber sido una niña, pero no, es un niño. También. Como el suyo... ¿Se parecerán? ¡Qué bobadas estás pensando! ¡Cómo se van a parecer! Y lo cierto es que, seguramente, habría sido muy guapo. Nuestro hijo, quiero decir, el suyo y el mío...

Recuerdo el año de 2.º de bachillerato como si fuera ayer. Tanto que se habla sobre el primer amor y todo lo que se dice es poco. Cómo marca, cómo te hace sentir, levitando a tres palmos del suelo. Sé que es un tópico, pero es que es así. En mi caso fue así.

Lucía. Tenía nombre de canción y la sonrisa más bonita de todo el instituto. Por supuesto, yo ni me lo había planteado, esa chica estaba a mil años luz de mis posibilidades. Era agradable conmigo y me saludaba por los pasillos pero yo, a decir verdad, no pensaba mucho en ella; ni en ella ni en ninguna otra. En esa época yo estaba plenamente volcado en mi sueño: iba a convertirme en un futbolista profesional y tenía que demostrar que estaba a la altura. Así que, entre los estudios y el duro entrenamiento, me quedaba poco tiempo para pensar en enamorarme.

No sé bien cómo pasó pero, de algún modo, ella se las ingenió para pedirme unos apuntes y al salir de la biblioteca, acabamos pasando la tarde riendo y charlando, comiendo pipas en un parque. Me hipnotizó. Desde ese día solo pensaba en encontrar ratos libres para verla, entre las clases y los partidos. Me fascinaban su pelo, su sonrisa, su inteligencia, sus proyectos y, ¿por qué no decirlo? Su trasero... era perfecta, y se había fijado en mí. Yo actuaba con indiferencia y apenas si llegaba a proponerle una siguiente cita, mostrando el interés justo para que no desapareciera. Pura fachada. La inseguridad me asfixiaba; me aterraba que se diera cuenta de lo mucho que me importaba y que me rechazara. Pero ella, por increíble que me pudiera parecer, también estaba encantada conmigo y me regaló el mejor año de toda mi adolescencia.

Fue un año de encuentros fugaces en los pasillos y de besos robados en los rincones del patio, de paseos vespertinos hasta su casa y de escondernos notitas con tiernos mensajes en las mochilas. Un año de estudiar poco y de soñar mucho. De pronto, todas las canciones de amor que sonaban en la radio hablaban de mí y, por primera vez, empecé a pensar en términos de "nosotros", en lugar de "yo". Me despertaba pensando en verla y me dormía escuchando su risa en la cabeza... mi futuro solo tenía sentido si ella me acompañaba.

Pero el verano llegó y ella se marchó con sus padres a la playa. Y yo me fui al pueblo. Dos meses es mucho tiempo para un adolescente. Y en septiembre empezamos la universidad, en ciudades diferentes. Y, sin darnos cuenta, los tiempos se alargaron y las palabras se enfriaron. Los mensajes siempre tardaban más en llegar y cada vez eran más breves. La distancia entre nosotros, creció. Creció tanto que dejé de soñar con ella y volví a pensar en singular. Los castillos de naipes que habíamos construido se desmoronaron y se cubrieron de polvo, olvidados en un rincón perdido de la memoria. Hasta hoy.

Hoy, de pronto, todo eso vuelve a parecerme confusamente real. Ella y yo caminando juntos, con nuestros proyectos y nuestro hijo...

Más me vale despertar.

viernes, 13 de enero de 2017

De la reflexión de rigor

Efectivamente, se ha terminado un año y, como corresponde, toca hacer balance y reflexionar un poco... sobre lo que queda atrás, pero también sobre lo que nos aguarda. Ilusión.

Tengo la suerte de poder afirmar que el año que termina ha sido un gran año. Ha cabido de todo en él. En este año he construido, por ejemplo, un hogar; he llorado y he reído, mucho, hasta que dolían los abdominales; he aprendido (de fotografía, de astronomía, de cocina, de los demás...); he cantado, también mucho, en bodas y karaokes; he conocido a grandes personas, hoy amigos imprescindibles; he paseado por los rincones olvidados de Granada, de sus pueblos, de su sierra; he descubierto nuevas facetas del amor, caras distintas y amables que ya llevo conmigo, para siempre; he viajado, al paraíso tropical en febrero, a Centroeuropa en marzo, al norte de la península en junio y al sur de Portugal, en agosto, y a Escocia como colofón y despedida de este año mágico.

Y, por supuesto, he crecido. Un año más, orgullosa de seguir caminando junto a toda la gente a la que he elegido para estar a mi lado, o que tengo la fortuna de que me haya elegido a mí... cada día un poco más feliz, cada día un poco más yo.

martes, 13 de diciembre de 2016

Del Capítulo 4 de la I Parte

Hendrick se encontraba de vuelta en su estudio de la Groenerei. Como de costumbre, no había conseguido vender nada, tan sólo había ganado estropear varias de sus tablas por causa del aguacero. Odiaba esa ciudad y aborrecía su clima. Odiaba el gris del cielo y el tono pardusco y opaco de los edificios. Soñaba con viajar, pero no tenía la determinación suficiente como para enrolarse en uno de los buques españoles que iban a hacer las Américas. Aquello sí que debía de ser otro mundo: hablaban de interminables días de sol, exuberante vegetación, frutas exóticas, mares cristalinos de aguas templadas, hermosas mujeres… El paraíso en la tierra, como ya lo había oído describir alguna vez. Y, sin embargo, allí estaba él, empapado en lluvia y descontento, con un montón de tablillas de las que no conseguía deshacerse. Tenía la paleta en la mano y una de las obras estropeadas en el caballete de madera. Mezclaba amarillo, azul y ocre para conseguir un verde caqui con el que retocar el manto del personaje principal de la composición. Odiaba también ese cuadro. Y todos los demás. Sabía que tenía talento, pero no le gustaba lo que pintaba, así que, con un gesto de desagrado, cambió de obra. Quitó el retrato del curtidor y colocó su pintura predilecta, podría decirse que la única que realmente le gustaba. La cabra danzante con el arpa entre las pezuñas. «Esto sí es una obra maestra», pensó. Y se dedicó largo rato a retocar las luces y los contrastes, la sonrisa espeluznante de la bestia y los destellos del arpa dorada. «Perfecto», se dijo al fin, y se dispuso a recoger sus enseres.

En ésas estaba cuando llamaron a la puerta. Era Marten, su grasiento compañero de tragos. Extrañado, entornó la puerta. «¿Qué quieres?» Fue su seca pregunta, y el gesto de desaprobación de su cara dejaba bien claro que no estaba acostumbrado a recibir visitas. De hecho, nunca antes había entrado nadie en aquella casa desde que se trasladó a la ciudad. «¿Cómo te atreves a venir así? Nunca te he dicho dónde vivo» - pero el gordo no estaba de humor para reproches, estaba impaciente y tenía algo importante de lo que hablar. Se asomaba insistente al interior de la estancia, intentando entrever algo a través de la ranura de la puerta. «Vamos hombre, es importante, ¡déjame pasar!». Con recelo, Hendrick abrió la puerta de su casa a alguien por vez primera. Marten accedió así a una pequeña estancia de apenas un par de metros cuadrados. Un minúsculo recibidor oscuro y de paredes mugrientas que facilitaba el paso a la habitación principal y única de la vivienda. Estaba situada en lo alto de la escalera de una comunidad de vecinos, por lo que gozaba de amplia luz. «Espera aquí un momento, Marten», y Hendrick se afanó en ocultar con un lienzo los dos cuadros en los que había estado trabajando. «Puedes pasar, pero espero que seas rápido». Marten dio un paso al interior de la habitación, donde un jergón de paja tirado sobre el suelo de cualquier manera pedía a gritos un poco de calor humano. Había un amplio ventanal que daba al canal y un viejo caballete ocupaba un lugar privilegiado en el ángulo mejor iluminado del cuartucho. El suelo estaba salpicado casi en su totalidad por manchas de pintura, resultado de la fabricación artesanal de las mismas en cualquier esquina. Incluso las mantas estaban manchadas del tinte. Las tablillas se apilaban contra las paredes y encima de resquebrajadas cajas de madera que contenían quién sabe qué cantidad de objetos inútiles. Todo estaba desordenado y sucio. No había armario, sí una mesa pequeña en un rincón, y una única silla. Realmente, Hendrick detestaba las visitas. Haciendo las veces de hogar había también un hornillo de carbón sobre el que reposaba una cacerola manchada con restos de comida y una cuchara sucia. Todo un festín para las hormigas, que ascendían por un lateral. A su lado, una palangana metálica servía de bañera, fregadero, pila... Por los ventanales entraba una luz cansada que parecía no querer hacer su trabajo. No tardaría en hacerse de noche.

- ¿Vas a decirme qué es eso tan importante como para creerte con derecho a entrar en mi casa?
Marten no respondió, sino que le tendió una cuartilla de papel. Era un escrito del gobernador del condado de Flandes, en la que se penaba con firmeza el ejercicio de la brujería, magia negra y cualquier otro tipo de adoración a Satán. «Se perseguirá por hereje y castigará con la muerte en la hoguera» -decía- «a cualquier persona que adore a Satanás mediante la práctica de rituales de magia negra o brujería».
- Es un comunicado urgente del gobernador. Es por los rumores, lo que te conté. La gente tiene miedo, sobre todo después de lo que le sucedió al pobre Pieter. No puede ser casualidad que Cornelius hallara restos de uno de esos rituales en su tumba al día siguiente del entierro. La tierra estaba removida y por todo el lugar merodeaban gatos negros. Uno de ellos llegó incluso a atacar al viejo cuando se acercó a mirar más de cerca. Todo esto me pinta mal...
- Vaya, - Hendrick miraba pensativo el trozo de papel amarillento, la tinta corrida por la lluvia- no lo sabía. Pues parece que las autoridades no son mucho más sabias que el pueblo llano e inculto de por aquí; ¡mira que tomarse tantas molestias por unos meros chismes! -miraba serio a Marten-. No deberías hacer caso de todo lo que oyes por ahí, gordo. Además, ya sabes cómo son esos españoles, con su religión, sus supersticiones y su obsesión por el pecado. El viejo Cornelius está demasiado cansado y demasiado chocho como para saber lo que realmente vio. Seguramente se dejó la tumba a medio tapar y fin del misterio. Las gentes de esta ciudad están ansiosas por oír algo nuevo, cansadas como están de sus desgraciadas y aburridas vidas. Así que ahora, vete -le espetó, mientras dejaba caer la cuartilla de papel con desprecio sobre el sucio suelo del cuarto.
- Como quieras, Hendrick, pero deberías ser un poco más temeroso de aquello que no conoces. Tu arrogancia podría jugarte una mala pasada. Después de todo, en esta ciudad vivimos muchos de ésos a los que gustas llamar ignorantes.

Marten se fue maldiciendo entre dientes. Hendrick cerró la puerta de mal humor y escuchó cómo sus pasos se alejaban escaleras abajo. La cuartilla de papel continuaba en el suelo. La cogió con cuidado y la leyó una vez más. Le parecía increíble tanto escándalo por una simple muerte, cada día había decenas de ellas. Uno iba caminando por la calle y la muerte salía a su encuentro: harapientos mendigos morían cada día de frío en los callejones malolientes de orines de la ciudad, vecinos de toda la vida caían víctimas de enfermedades sin curación, por no hablar de los soldados que luchaban en el frente contra los españoles que los doblegaban. Y ahora, por la muerte de un simple curtidor, se armaba todo este revuelo. «La gente ya no sabe de qué hablar», pensó. La dobló por la mitad y la rompió con cuidado, arrojándola después a las cenizas del horno. «¡Maldición, si no me apresuro llegaré tarde!». Hendrick tenía una cita justo al atardecer, y a esas horas el sol ya se ocultaba, impaciente, tras el horizonte. El pintor se enfundó su chaqueta de cuero, se colocó el sombrero y bajó rápidamente los escalones de dos en dos. Afuera, en la calle, la luz menguante del sol difuminaba las formas y transformaba los objetos y edificios en sombras amenazantes y seres de tinieblas. La noche caía sobre la ciudad de Brujas.

Caminaba solo, bajo un cielo oscuro, sin estrellas, el cuello de la chaqueta tapando su rostro y el sombrero calado hasta las cejas. Llegó a la muralla de la ciudad con el último atisbo de luz y tuvo que gritar para que lo dejaran salir, pues estaban ya cerrando las puertas. Una vez fuera, se dirigió con paso ligero hacia el antiguo puerto del río Zwin, una zona prácticamente abandonada por el desuso. Tuvo que dar un rodeo a lo largo de la muralla de la ciudad, ya que ésta se encontraba al otro lado. El panorama que se abría ante él fuera de los límites de Brujas era desolador. El alumbrado público, de por sí pobre, no llegaba hasta aquella zona, ya que se encontraba fuera de los límites de la ciudad. Apenas quedaban algunas naves de ladrillo rojizo, utilizadas en tiempos más prósperos como almacenes de mercancías, y que ahora, invadidas por la maleza y pobladas por bestias salvajes, eran testimonio mudo de la decadencia.

En esa noche sin luna, Hendrick se guiaba por su conocimiento de la zona para llegar a su destino entre las naves abandonadas. Tras caminar a ciegas durante algunos minutos alcanzó el lugar concretado. Entonces encendió un fósforo. Había llegado tarde y esperaba que eso no entorpeciera el encuentro, aunque no podía estar seguro de que su contacto siguiera allí. Hacía un frío de mil demonios y la humedad penetraba hasta el tuétano. Esperó en la oscuridad durante unos minutos que se le hicieron eternos. Con ese frío no le habría ido nada mal un trago bien fuerte. De pronto, escuchó unos pasos en la oscuridad, el sonido sordo de unos zapatos contra el empedrado. Se sintió aliviado. Encendió otra cerilla para indicar de nuevo su posición y en el halo de luz vio la silueta de un hombre alto y fuerte acercarse desde el fondo del callejón. La llama se extinguió, pero el hombre ya había llegado hasta donde él se encontraba y en ese momento encendía un candil de aceite. Una llama discreta iluminó los rostros de los dos hombres.

- Llegas tarde, ¿todo en orden? -preguntó aquel individuo- ¿Has venido solo?
- Sí. Todo dispuesto para la operación de la próxima semana. He cumplido con mi parte del trabajo.
- Muy bien, sígueme.

Hendrick echó a andar detrás de él. Desconocía el nombre de su contacto, al que no había visto nunca antes de esa noche. Las cosas eran siempre así, los hombres cambiaban con cada trabajo para evitar que Hendrick pudiera reconocerlos o relacionarlos entre sí. Así no podría delatar a nadie. Para este encargo habían elegido a un marino de aspecto tosco y poco amigable. Lucía una poblada barba para ocultar un labio leporino que le daba un aire todavía más hostil. Vestía un abrigo negro, largo hasta las rodillas, botas y gorro de lana. No lo volvería a ver, pero si se daba el caso estaba seguro de que no lo reconocería. Había muchos hombres de aspecto similar en Brujas y en la oscuridad de esa noche sin luna resultaba prácticamente imposible apreciar los rasgos de su rostro con precisión. Sin embargo, ahora se fijaba en que al caminar cojeaba ligeramente de la pierna izquierda. Grabó el detalle en su memoria, no hay que fiarse de personas que se citan al amparo de la oscuridad de la noche para hacer negocios turbios. Nunca se sabe en qué momento pueden dejar de precisar tus servicios. Caminaban en silencio, alejándose de las naves del antiguo puerto fluvial. Hoy día, el río era apenas una ciénaga, un fantasma de su esplendor pasado, cuando dotó a la ciudad de Brujas de prosperidad al desposarla con el mar. Se adentraban en un bosquecillo, después de atravesar los campos de labranza y las granjas que rodeaban la ciudad. Habían caminado durante una media hora y seguían sin llegar a su destino. Hendrick estaba inquieto, el frío que le entumecía los miembros apenas remitía con la caminata y la humedad de la noche se abrazaba a su chaqueta de cuero, sobre la que resbalaban gotas de rocío condensado.

El camino que se abría ante ellos y que se adentraba en el bosquecillo era estrecho y poco frecuentado, ya que las malas hierbas llegaban a la altura de las rodillas. Estaba lleno de socavones y charcos, y en más de una ocasión estuvo a punto de perder el equilibrio al meter el pie en uno de ellos. Al igual que sucediera con los contactos, el lugar de encuentro variaba para evitar así un posible chivatazo, y esa noche era la primera vez que Hendrick encaminaba ese pequeño sendero entre los altos árboles del bosquecillo. No sabía cuánto tiempo había caminado, pero finalmente vio una luz procedente de algún lugar situado a su derecha, entre la vegetación. El hombre de la barba se volvió hacia él y con un gesto de la cabeza le indicó que ya habían llegado. El último tramo fue más sencillo y el pintor comprobó que la luz provenía de un refugio de leñadores. Una vez dentro se quitó con alivio la chaqueta al sentir en el rostro el calor de la chimenea encendida, colgándola en el respaldo de una silla para que se secara. La estancia era pequeña, pensada para una persona, a lo sumo dos, que no pasaría allí más que unos días. Había una chimenea, una mesa de madera y un camastro. Sobre las llamas colgaba un perol en el que hervía un líquido cuyo olor incitaba a todo, menos a probarlo. Alrededor de la mesa, tres sillas, en una de las cuales se sentaba un hombre al que Hendrick sí que conocía de otras veces. Era su cliente, su socio, o quizá ninguna de las dos cosas. Sin embargo, no sabía cómo dar con él, aunque lo necesitara; era él el que siempre lo buscaba y concertaba las citas. Toda precaución era poca en ese negocio. El hombre del labio leporino dejó el candil sobre la mesa y lo apagó. Las cortinas de la única ventana estaban echadas, con el fin impedir que la luz se viera desde el exterior. El tipo del candil se sentó junto a su jefe y no dijo nada, su tarea era llevarlo hasta allí, y, llegado el caso, acompañarlo de vuelta a la entrada del camino. Se sacó una botella de cerveza del abrigo y empezó a beber en silencio. Entonces, el otro hombre empezó a hablar.

- Has llegado tarde.
- Lo sé, un conocido vino a mi casa de improviso y tuve que deshacerme de él.
- No sabrá nada, ¿no? Supongo que tendrías la mercancía bien oculta, ya conoces las consecuencias de una traición y no creo tener que recordártelas.
- No se preocupe, venía por una cuartilla que han pegado por toda la ciudad condenando la práctica de la magia negra y la adoración al diablo. Miedos tontos de incultos supersticiosos, nada grave. Lo despaché rápido, pero, así y todo, me retrasó. No volverá a pasar.
- Claro que no, porque la próxima vez mis hombres no te esperarán y será la última vez que hagamos tratos contigo, ¿ha quedado claro?
- Muy claro, jefe.
- Muy bien, entonces estamos de acuerdo en eso. Te encargamos tres tablas, tablas que te proporcionamos y que debes haber terminado ya. Supongo que sabes que estás aquí para concertar el día y el lugar en el que se realizará la entrega.
- Lo sé. Usted dígame dónde y cuándo y allí estaré.
- Buen chico. La operación tendrá lugar la próxima noche de luna llena, en el puente de Ezel, a la medianoche exacta. Que acuda tu socio. Solo.
- Señor -Hendrick vaciló un momento antes de responder-, preferiría acudir yo mismo.
- Nada de eso, ya te has saltado el protocolo viniendo tú esta noche en su lugar. No me gusta tratar directamente con el artista. Lo sabes, y por eso esta será la última vez. Después de esta noche no volveremos a vernos. Las normas son claras: siempre a través de intermediarios. ¿Alguna pregunta?
- No, señor, se hará como usted ha dicho.

Tras este breve intercambio de frases, el marino cojo del abrigo hasta los pies se levantó y se dirigió a la puerta. Hendrick lo imitó. No hubo despedida; el jefe, un hombre de constitución flaca y manos huesudas cuyo rostro quedaba oculto por un sombrero de ala ancha, estaba ya inmerso en otros asuntos. Ojeaba con atención una serie de documentos dispersos sobre la mesa. El cojo y él caminaron por el bosque, deshaciendo el camino andado hacía apenas unos minutos, y cuando llegaron a las lindes, el marino se detuvo. No dijo nada, pero estaba claro que su compañía acababa ahí. Hendrick lo miró un instante. Imposible ver su cara, ni una señal que lo identificase más tarde. Así que comenzó a andar en dirección a la ciudad; tendría que dormir al raso, a la espera de que las puertas de la muralla abrieran para no levantar sospechas. El cojo no se movió de su posición a la entrada del sendero hasta que le quedó claro que el pintor no tenía intención de volver a fisgonear por allí.


Largo rato después del alba, Hendrick se encontraba en su cuarto alquilado de la Groenerei, tumbado sobre el incómodo camastro, sin poder conciliar el sueño. Se había metido en un buen lío. A ver cómo diantres conseguiría que su socio acudiera a la cita la próxima luna llena, para la que, para mayor desgracia, tan sólo quedaban quince días.

martes, 22 de noviembre de 2016

Del capítulo 3 de la I Parte

Ese día amaneció más gris de lo acostumbrado para la pequeña Annetje. Debía ir al mercado, pero decidió remolonear un poco en la cama. La habitación estaba helada y no le apetecía nada salir de entre las cálidas mantas. Además, no tenía ánimos de nada; sentía una pena muy honda que la tenía contrariada. Nunca antes en su joven vida había sufrido la pérdida de un ser querido. Podía decirse que, hasta ese momento, había llevado una infancia feliz. Si bien su familia era humilde, nunca le había faltado un plato que llevarse a la boca. Sus padres habían sido siempre atentos y amables con ella e incluso disponía de una cama propia en el dormitorio principal. Además, como todos los niños de la época, gozaba de amplia libertad para entrar y salir de la casa a su antojo. Una vez acabadas sus labores domésticas, Madre le permitía darse largos paseos por el pueblo hasta el anochecer. Acudía a la parroquia con regularidad, donde estaba aprendiendo a leer, y tenía algunas compañeras con las que había entablado amistad y con las que solía deambular por la ciudad, observando a los adultos, tan enigmáticos y lejanos para ellas.

Su ruta favorita las llevaba desde su casa en la Kruitenbergstraat hasta el Lago del Amor, donde se detenían a menudo a contemplar el reflejo de los árboles y los paseantes sobre las aguas oscuras y tranquilas del lago. A su alrededor se extendía un parque donde crecían pinos y robles centenarios, entre los que se perdían las jóvenes parejas de prometidos para pasear los domingos por la mañana. Era su rincón encantado de la ciudad; parecía como si los edificios quedasen engullidos por la vegetación. Eso le permitía evadirse mejor en sus cuentos de hadas. Le gustaba sentarse en el borde del agua y dejar volar su imaginación: soñaba despierta que viajaba a lejanos mundos de aguas claras y cielos azules, cuyos habitantes se asemejaban a pequeñas figurillas de fino cristal de colores y donde en lugar de una luna, había tres. Eso permitía que siempre hubiera una que estuviera llena; y es que, a pesar de las supersticiones sobre las noches de luna llena, con sus hombres lobo y sus vampiros, a ella le encantaban. Solía ensimismarse, mirándola por la ventana. Le parecía entrever un rostro entre los cráteres de su superficie. Un rostro triste, además. Y ella le hablaba y le cantaba para que no se sintiera sola, pues Annetje sabía bien que ése era el motivo de que estuviera tan apenada, su soledad en medio de la cúpula negra del cielo nocturno.

Ese día, sin embargo, parecía que toda la magia del mundo se hubiese desvanecido, como los reflejos en el agua cuando Annetje arrojaba piedras al lago. Aquella fría mañana de febrero no tenía el cuerpo para cuentos de hadas, así que continuó metida en la cama con las mantas tapándole la nariz, asomando tan sólo los ojos. Miraba fijamente el techo de la habitación. Las manchas de humedad de las esquinas, territorio de las arañas, dibujaban extrañas siluetas. Las ajadas vigas de madera crujían cuando el viento soplaba con fuerza. y, a menudo, este ruido le impedía conciliar el sueño por la noche; sonaba como los pasos de seres de otros mundos, tenebrosos y malvados.

A medio día, su estómago se quejó lastimero y se levantó, extrañada de que Madre no la hubiese llamado. Dobló su camisón de lana recia y lo guardó en el arcón de madera situado a los pies de la cama grande. Hizo la suya torpemente, sus cortos bracitos todavía no llegaban bien a los extremos. No obstante, quedó satisfecha con el resultado, le gustaba ayudar a Madre en lo que podía. La casa estaba inquietantemente tranquila esa mañana. Salió del cuarto despacio, casi de puntillas. No se atrevía a romper el denso silencio. Además del dormitorio, estaban la cocina y el desván, cuya puerta estaba siempre cerrada con llave. Madre solía decir que allá arriba estaban los recuerdos de otras épocas y que los niños no deben andar husmeando en el pasado. Por eso, Annetjie nunca había subido. De todas maneras, aunque hubiese tenido la oportunidad, tampoco lo habría hecho. Estaba segura de que allí era donde vivían los seres cuyos pasos la dejaban en vela tantas y tantas madrugadas. Se había hecho una idea muy clara de cómo serían, diminutos y perversos, con risas macabras y muecas espeluznantes en el rostro. Vestían en tonos ocre y salían cuando todos se habían ido a dormir.

Las dos estancias restantes de la casa eran el dormitorio y la cocina. A Annetje le gustaba especialmente la cocina, porque el fogón siempre estaba encendido y olía a aderezos y a caldos que Madre o Abuela preparaban para cenar. También le gustaban las cortinas de cuadros rojos, a juego con el mantel de la mesa central. El color rojo era su preferido y se sentía contenta de tener una cocina tan alegre. Abuela las venía a visitar casi todos los días y solía traer flores que ponía en un tarro de cristal, en el centro de la mesa de cuadros. Annetje solía pasar muchas horas allí sentada en su taburete de madera, más alto que las sillas de los adultos para poder llegar bien, y se distraía escuchando conversaciones acerca de los precios del mercado, de los encajes que las mujeres tejían en la Walplein, del trabajo de padre y de otras cosas que ella no entendía.

Pero esa mañana había flores en la mesa, ni siquiera el mantel estaba colocado. Tampoco olía a col hervida ni a sopa de pescado, ni a especias, ni a nada. Sintió frío y miró hacia el hogar. Estaba apagado. «Eso sí que es raro», pensó la pequeña. Nunca había pasado frío en la cocina antes. El cuarto era otra cosa, motivo también por el que no le gustaba demasiado. Sólo lo usaba para vestirse y dormir. De todas formas, aparte de las camas, el arcón y un armario del que en cualquier momento podría salir un duende despistado de camino al desván, no había nada más. Tampoco cortinas de cuadros rojos y blancos, sólo unos sucios visillos con encaje en el extremo inferior. Sosos.

Llamó a Madre. Silencio. Llamó a Madre una vez más. Nada. «Habrá salido a recoger agua a la fuente, se me olvidó hacerlo a mí», pensó con una punzada de arrepentimiento. Así que, para arreglarlo de algún modo encendió el hogar. Lo había visto hacer suficientes veces y había ayudado otras tantas, de modo que la tarea no le llevó demasiado tiempo. Una vez la estancia se hubo caldeado se sintió más a gusto y se sentó a esperar a Madre, que llegaría en cualquier momento con sendos cubos de agua fresca. Y haría el almuerzo. El día anterior había sido largo y ya entrada la noche, cuando ella llevaba algunas horas durmiendo, oyó que madre sollozaba en su cama. Las dos, aunque por separado, habían regresado tarde del cementerio. Annetje se quedó mucho rato junto a padre, rezando. Conocía bien la muerte, la veía a menudo por las calles de Brujas, pero nunca antes la había mirado a los ojos; se estuvo preguntando y estuvo preguntándole a él, si era verdad todo lo que contaban sobre el cielo y la felicidad prometida por toda la eternidad. Porque allí, arrodillada en el lodo junto a la tumba de su padre, empapada bajo el aguacero, a Annetje le costaba mucho creer en todas esas historias.

No obstante, la vida tenía que seguir y ella tenía hambre. Como Madre no llegaba, la niña se impacientó y buscó algo de comer en los cajones de la cocina. Halló un trozo de pan, suficientemente grande como para saciar el hambre, pero suficientemente duro como para que le resultase difícil masticarlo. Resolvió tostarlo al fuego y completarlo con una manzana un poco picada que quedaba en el frutero. Una vez hubo comido se sintió con ánimo, ya que Madre no regresaba, para ir a buscarla a casa de Abuela. No vivía muy lejos, a un par de manzanas dirección Burgplein, cruzando uno de los canales por el puente de Saint-Jans Nepomucenus.

De manera que Annetje salió de casa dando un tirón de la pesada puerta de madera, bajó las escaleras del edificio y se encontró en la calle. «Vaya», fuera estaba lloviendo. No se había dado cuenta y ahora era tarde para subir a por su gruesa capa con capucha, ya que nadie le abriría la puerta. Pero allá que se aventuró por las callejas grises de la ciudad. El camino no era largo; aún así, llegaría calada hasta los huesos. La niña lo observaba todo con gran atención, Padre siempre le decía que hay que prestar mucha atención a los detalles, pues nunca se sabe en qué momento pueden marcar la diferencia entre vivir o morir, entre ser próspero o mendigo, entre hallar el amor o continuar solo. Y por eso, ella siempre caminaba con sus grandes ojos claros bien abiertos y atenta a los colores, a la muchedumbre, a los edificios y a las nubes, buscando y buscando aquello que marcaría la diferencia, pues sabía que, cuando lo viera, lo reconocería.

Había llegado a la Jozef Suveestraat, ya estaba muy cerca del puente. Caminaba apresurada con la cabeza encogida entre los hombros, como si eso pudiera protegerla del agua. Las heladas gotas de lluvia habían empapado su pelo y le resbalaban por la frente. Annetje no pensaba en nada especial, simplemente en que había muy poco rojo en su camino. Alguna capa o sombrero, alguna contraventana y nada más. Las flores que tanto adoraba hibernaban, esperando épocas más cálidas para mostrar sus hermosos colores. Y así, entre pensamiento y pensamiento, llegó al puente. Allí, como si fuese la primera vez que lo veía, descubrió de pronto a Saint-Jans Nepomucenus: indiferente y distante, pero con mirada piadosa, muy lejos, en lo alto de su pedestal.

Sus ojos grandes lo miraron con una mezcla de admiración y curiosidad. ¿Cómo era posible que pasara por allí casi a diario y nunca se hubiese detenido a observar al santo? Le impresionó su silueta oscura recortada contra el cielo gris, brillante de lluvia y salpicada por los destellos que provocaban las gotas al precipitarse contra él. Le pareció grandioso y bueno, por lo que allí mismo se arrodilló a rezar, pidiendo por Padre y por Madre, por que su pena y su angustia desaparecieran, para que ningún día más faltaran calor en el hogar ni una buena sopa caliente que saciara su apetito. Llevaba así un rato, no sabía cuánto, cuando alguien tropezó con ella. La niña alzó la cabeza con gesto enfurruñado y miró hacia atrás, las trenzas mojadas cayendo pesadas a ambos lados de su cara. Un hombre alto y fuerte se alejaba a paso ligero con un montón de tablas envueltas en lienzo debajo del brazo izquierdo. Iba absorto en sus pensamientos, seguramente ni había reparado en ella. Llevaba una chaqueta de cuero negro y el pelo largo y taheño recogido a la altura de la nuca con una cinta, también negra. No prestaba atención al resto de la gente e iba abriéndose paso entre unos y otros a lo largo del abarrotado Dijver. Annetje sintió un escalofrió; ese hombre… Se incorporó para continuar su camino a casa de Abuela con la certeza de que no sería la última vez que viera a ese hombre de cabellos rojizos… y de que no le traería nada bueno.


Llegó, por fin, a su destino. Empapada, llamó a la puerta con sus nudillos de niña. Los tímidos golpecitos sonaron contra la madera, pero nadie abrió. La pequeña, en su inocencia, no se inquietó. Seguramente, Madre y Abuela estarían juntas haciendo algún recado, creyendo que ella estaba en la parroquia. Así que se sentó en el escalón a esperar; afortunadamente, había dejado de llover.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Del Capítulo 2 de la I Parte

Llevaba un día de perros, era una auténtica pesadilla. Se había dormido y había perdido una cita con un posible comprador, lo que en los tiempos que corrían era una desgracia terrible. A comienzos del siglo XVII, Brujas era una ciudad en decadencia; la pérdida del puerto comercial debido al enarenamiento del río Zwin aceleró su declive como capital de las artes y finanzas. La situación era precaria, especialmente para un hombre como él, que lo había dejado todo para dedicarse a su gran pasión: la pintura. La ciudad había conocido tiempos mejores, desbancando incluso a París de su trono como capital del arte. Sin embargo, ahora, «maldita sea mi suerte», todo estaba cambiando. Seguía habiendo buenos clientes, pero cada vez era más difícil dar con ellos. Además, no eran pocos los que se dedicaban al arte. La pintura holandesa era bien apreciada, pero había que ceñirse a las reglas y los temas religiosos no eran su fuerte. Era un hombre temeroso de Dios y asistía a misa con regularidad, pero consideraba que había temas mejores para plasmar en sus lienzos. Le interesaban más los viajes, los paisajes y las aventuras, afición que  hacía que sus pinturas se acumularan bajo el polvo de su cuartucho de la calle Groenerei. Caminaba cabizbajo y apresurado en dirección a la Pleinmark. Llovía.

Llevaba algunas de estas tablas, las de menor peso, bajo el brazo. Estaba decidido a vender. Durante su camino cruzó el puente de Sait-Jans Nepomucenus. Sin saber por qué reparó un instante en una niña pequeña y pobremente vestida que rezaba a los pies del santo. Le resultó vagamente familiar, pero enseguida la olvidó. «Maldita sea, si consiguiera llegar a tiempo para montar un pequeño puesto en algún rincón discreto del mercado, quizá alguna familia pudiente se fije en mis obras». Incluso había llevado consigo su favorita, que representaba una cabra negra que, incorporada sobre sus dos patas traseras, tocaba el arpa con las delanteras. Era un tema mitológico, con algunas alteraciones de cosecha propia. La figura principal estaba enmarcada por un paisaje triste y gris, páramos con escasa vegetación y un acantilado a su izquierda por el que se despeñaba un pastor. Sobrevolando el cielo opaco de la pintura se advertían cuervos negros acechando en círculo sobre una imagen apenas perceptible al fondo de la composición. Él sabía quién era el cadáver del cuadro, aunque jamás lo había revelado a nadie.

El empedrado del suelo y las casas de ladrillo a ambos lados de la calle le producían una sensación de claustrofobia que no sabía explicar. Se había pasado toda la noche bebiendo cerveza en la posada del Asno Ciego. Le dolía la cabeza, era lógico. «Una manera muy inteligente de gastar los pocos vellones que me quedan», se dijo. Pero lo cierto era que esta escena se repetía de continuo casi los siete días de la semana. Tenía algún conocido, no podría llamarlo amigo. Compañeros de borracheras, habituales de aquella tasca que se reunían allí con los mismos fines que él: evadirse de los problemas y la dureza de aquellos tiempos en los que la ciudad era cada vez más un mero reflejo de sí misma. De todas maneras, el dolor de cabeza no estaba producido simplemente por el alcohol ingerido la noche de antes. Había otras cosas que le preocupaban.

Cuando Hendrick de Hooch llegó esa noche a la posada del Asno Ciego notó enseguida que la atmósfera que allí se respiraba era diferente. Los bebedores estaban más callados de lo habitual y miraban sus vasos, pensativos. Entre la gente localizó a Marten, un hombre de mediana edad que, en ese momento, se sentaba a una mesa redonda y bebía una jarra de cerveza negra, bebida a la que probablemente debía su generosa barriga. Se acercó a él; solían beber juntos. Lo saludó con un gesto, al tiempo que pedía a la posadera otra jarra para él y tomó asiento en un taburete junto a su colega. Mientras esperaba la cerveza pensó en lo irónica que es la vida, que lo lleva a uno a lugares y situaciones en los que, en otras circunstancias, nunca se habría inmiscuido. Por ejemplo, aquel hombre, agradable de trato, pero sucio y ordinario como pocos. Coleccionaba manchas que se iban a reunir sobre su enorme estómago, coloreando de una tonalidad indefinible la tela de su camisa. Era sonrosado y alegre, mofletudo y charlatán. Se sentaba con él porque de esta manera evitaba tener que hablar con posibles interlocutores espontáneos a lo largo de la noche. Su amigo Marten siempre lo haría por él encantado. Era zapatero, de manos grandes y recias siempre sucias, con las uñas negras de betún. Hendrick pensaba que, con el tiempo, le habían empezado a salir directamente de ese color, para así ahorrarse la molestia de tener que lavárselas.

Fue al grano y le preguntó qué ocurría, la gente no estaba igual aquella noche.
- ¿No lo sabes? Ha muerto Pieter, Pieter Vermeer. Lo conocías, ¿no?
- Sí, vagamente... -fue la respuesta de Hendrick- ¿Cómo ha sido?
- Pues ese es precisamente el problema… la gente está asustada. Estaba perfectamente, era un hombre sano y fuerte, un tío legal, del gremio. Nunca había tenido problemas con nadie.
- Ya, ¿y qué? ¿Por qué está asustada la gente? Mueren personas aparentemente sanas cada día y no se arma ningún revuelo.
- Ya, sí… si llevas razón... supongo que es por los rumores. La gente habla, ya lo sabes. Y no siempre lo que se dice es bueno...
- No sé por qué te vas tanto por las ramas, Marten, no es tu estilo, ¡dime de una maldita vez lo que le ha pasado a ese pobre desgraciado!

Marten lo miró con desagrado. Hizo una mueca ambigua con la cara y suspiró. Varios hombres los miraban desafiantes desde mesas contiguas. En ese momento, la posadera sirvió la jarra de cerveza. La interrupción devolvió a cada cual a sus asuntos y Marten hizo un intento por desviar el rumbo de la conversación.

- Bueno amigo, ¿y qué me cuentas tú? ¿Consigues vender alguna de tus tablas? Aunque si sigues empeñándote en pintar semejantes esbirros como la cabra esa que te gusta tanto no sé si empezarán a irte bien las cosas algún día… Deberías pintar alguna virgen, retratos, esas cosas... tienes talento, amigo mío, no lo desaproveches.
- ¿Puedes aclararme quién eres tú ahora para opinar sobre mi pintura como si tuvieras alguna idea de lo que estás hablando? Además, creo que todavía no hemos zanjado la cuestión que te estaba planteando. Habla claro.
- Tienes muy mal genio, ¿sabes? Y eso no es ninguna virtud, precisamente -a Marten no le gustaba el tono con el que el pintor se dirigía a él-. De todas maneras, nunca llegarás a ninguna parte si no eres capaz de aceptar una buena crítica. Acércate, espero que sepas ser discreto con este asunto.
- Marten, Marten, no creo que seas tú la persona más adecuada para hablarme de discreción...

Aunque sin mucho entusiasmo, el gordo Marten le había acabado contado las habladurías. Pieter estaba como cada día en el taller, curtiendo pieles para hacer cueros, cuando comenzó a sentirse mal. «Pues no veo nada raro en eso», apuntó Hendrick. «Calla y déjame seguir». Lo cierto es que el hombre habló con el capataz, que no le hizo caso y lo mandó al trabajo de inmediato y sin ningún tipo de excusas. Pieter siguió con su tarea, cada vez más despacio y con menos fuerzas. En un momento dado empezó a delirar, gritaba, decía que tenía insectos bajo la piel, que extrañas mariposas negras estaban poniendo huevos en sus ojos y que se le estaba cayendo el pelo. Estaba muy nervioso, agarró un cuchillo, y bajo la mirada atónita del capataz comenzó a hacerse cortes en los brazos y las piernas, intentando sacar los invisibles insectos de allí. Decía que las larvas de mariposa le estaban chupando la sangre. El capataz estaba asustado, pero pensó que era un numerito para poder irse a casa, pues Pieter no tenía nada visible a los ojos del hombre. Lo agarró con fuerza y le pidió que recobrara la cordura, que no tenía nada. Le quitó el cuchillo, pero Pieter se había provocado ya algunos cortes bastante profundos. No sabía qué hacer.

- Imagínate la escena, Pieter había perdido el juicio, gritaba, se golpeaba y saltaba, intentó echar a correr, pero el capataz lo detuvo. Todo esto sucedía mientras la gente se agolpaba ante la puerta del taller. Pidió ayuda y algunos curtidores se acercaron a ver. Tuvieron que agarrarlo entre tres, tal era la fuerza que adquirió Pieter en aquellos momentos previos al fin. Se había quedado ciego de pronto, sus pupilas estaban blancas, como cubiertas por una cortina blanquecina. Los hombres no daban crédito. Pieter murió entre convulsiones y espasmos, y sólo cuando estuvo muerto y bien muerto su piel se hinchó en cientos de picaduras con costras de sangre seca y por todo su cuerpo se encontró una especie de baba verdosa que manchaba incluso su ropa. El capataz jura que vio una mariposa negra posarse sobre una de las mesas del taller.

- Eso es ridículo, Marten.

martes, 1 de noviembre de 2016

De los solsticios

Philippe Delerm es un escritor francés al que conocí por casualidad. En realidad, conocí primero a su hijo, Vincent Delerm, compositor y cantautor que escuchaba ya en mi época universitaria. A Philippe fui a conocerlo algunos años más tarde, cuando estudiaba el máster en Salamanca, en la asignatura de traducción literaria de francés. Me animé mucho con la grata coincidencia (familia de artistas) y como práctica traduje alguno de los relatos cortos de su obra El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, trabajo con el que disfruté enormemente.

Hoy es el cumpleaños de mi madre y quiero dedicarle un breve relato de este autor que me ha parecido apropiado para la ocasión. Está incluido en su obra Le trottoir au soleil (La acera del sol, no publicada en español). Me estreno con una traducción y espero estar a la altura; después de todo, de entre todas mis aficiones, esta es la que me da de comer:

"21 de marzo: primavera, equinoccio. Buscamos con impaciencia el menor signo de que los días se alargan. El año se desata, todo se acelera. Ponemos rumbo al verano. Pasado el 21 de julio, los días ya empiezan a acortarse, aunque apenas nos damos cuenta. Sin duda, los mejores días del verano están aún por llegar: los paseos por las recalentadas calles, las cenas en las terrazas o en el jardín, a la luz de las velas.
- Y, sin embargo, -siempre hay alguien que hace el comentario, suscitando gestos de reprobación a su alrededor- sin embargo, los días son más cortos...

A los sesenta años hace mucho que pasamos el solsticio de verano. Seguirá habiendo tardes agradables, amistades, niños y motivos de esperanza. Y aún así: tenemos la certeza de haber pasado el solsticio. Puede ser un buen momento para intentar quedarse con lo mejor: una gota de nostalgia se filtra hasta el núcleo mismo de cada sensación, haciéndola más duradera y frágil. Conservar la serenidad en cada instante, con las palabras. Puede que el solsticio de verano sea ya el veranillo de San Martín y que la duda invada las estaciones, los colores. El tiempo no es un juego; no hay tiempo que perder.

Desprender la energía del sol en las palabras. Ya sé lo que podría alegarse en ese sentido: que la esencia está en la sombra, en el misterio, el trayecto nocturno. Además, ¿cómo pretender deslumbrar cuando la humanidad sufre por doquier, cuando el sufrimiento físico y moral, la violencia y la guerra lo invaden todo? Bueno, uno puede querer irradiar luz precisamente por todo esto. Constatar y denunciar son tareas esenciales. Pero digamos que otra cosa es posible. A medida que pasan los días, más ganas tengo de buscar la luz, y con mucho más motivo si esta empieza a desvanecerse. Quiero quedarme en el lado del sol."